miércoles, 22 de abril de 2026

Texto de mi amigo Severino

 

Un texto de mi amigo Severino Ngoenha, para este viernes Santo:



Tengo una amiga llamada Manuela Soeiro. En Mozambique, su nombre no necesita presentación: para muchos, es la madre del teatro. En su casa, entre recuerdos, textos y gestos que han moldeado una sensibilidad nacional, hay una obra singular: un Cristo que huye de la cruz.
Es una imagen casi insoportable.
Porque todo lo que sabemos —o creemos saber— es que Cristo no huyó de la cruz.

Al contrario, la aceptó.

Y, en la tradición teológica más exigente, esa aceptación no fue un accidente de la historia,

sino el propio camino de la redención.

La cruz no fue solo sufrimiento: fue el lugar donde se asumió la violencia del mundo para vencerla.
Pero la imagen de ese Cristo fugitivo nos perturba por una razón más profunda: revela lo que hacemos todos los días.



Huimos de la cruz.

Huimos del sufrimiento del otro.

Huimos de la responsabilidad que la cruz introduce en la historia.
Y tal vez, si somos rigurosos, debamos reconocerlo: Cristo también quiso huir.
En Getsemaní, pide que le sea apartado el cáliz.

En la cruz, grita el abandono: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

La cruz no es un gesto fácil. No es una estética del dolor. Es un escándalo. Es una ruptura.

Es el punto en el que el ser humano vacila.


Pero es precisamente ahí donde reside su verdad.
La mejor teología nos enseña que Cristo pasó por la cruz para que no hubiera más cruces.

Para que el sufrimiento dejara de ser la condición normal de la vida humana.

Para que la muerte dejara de ser el horizonte de las sociedades.

La cruz fue el precio para abolir las cruces.




Ahora bien, aquí es donde empieza el problema de la Pascua.
¿Celebramos o recordamos?


Si celebramos, nos quedamos en los huevos, en los dulces,

en las comidas, en las mesas repletas, en los rituales vacíos.

La Pascua se convierte en un evento social, una festividad, una pausa gastronómica.


Pero si recordamos —y recordar, en el sentido más profundo, es hacer presente—,

entonces nos vemos obligados a enfrentarnos a la pregunta esencial:

 ¿qué hemos hecho nosotros con la cruz?


Porque la cruz no es solo un acontecimiento pasado. Es una exigencia histórica.


Y aquí entra una de las categorías más perturbadoras del pensamiento africano contemporáneo:

la necropolítica, concepto desarrollado por el filósofo camerunés Achille Mbembe.


La necropolítica es el poder de decidir quién debe vivir y quién debe morir.

Es la política que organiza la muerte. Que la administra. Que la distribuye.


Y el escándalo es este: vivimos en sociedades que se dicen cristianas —o herederas del cristianismo— pero que siguen produciendo muerte.


No hablemos solo de las Cruzadas. Ni de la esclavitud. Ni del colonialismo.

Sería demasiado fácil refugiarnos en el pasado.
Hablemos del presente.

Palestina. Sudán. Haití. Congo. Irán. Venezuela. Mozambique.

Territorios donde la vida es precaria, donde la muerte es banal,

donde el sufrimiento no es una excepción, sino la norma,

y muchas de esas políticas son sostenidas, legitimadas o toleradas

por sociedades que invocan valores cristianos.


El velo del templo se rasgó con la muerte de Cristo,

símbolo de que Dios ya no estaba separado de los hombres.

Pero hoy, ese velo sigue rasgándose de otra forma: para dejar entrar la muerte.


Y no podemos decir que no lo sabemos.
Lo sabemos.
Lo vemos en directo. Lo presenciamos. Lo comentamos. Y seguimos adelante.


Quizás deberíamos ser más radicales.
Quizás no deberíamos celebrar la Pascua.
Quizás deberíamos quedarnos en el viernes,

o en el sábado —ese día suspendido entre la muerte y la esperanza.
Porque la resurrección no puede celebrarse en una humanidad que sigue produciendo cruces.


No hay domingo posible cuando el viernes se prolonga indefinidamente en la vida de los demás.
No son solo «los demás». No es solo Occidente. No son solo los imperios.
Somos nosotros.
Nuestras élites africanas. Nuestros líderes políticos. Nuestras burguesías emergentes.

Nuestras comodidades urbanas.


Mozambique no es una excepción.


En un país donde barrios enteros viven en la precariedad extrema,

donde el acceso a la salud, al agua, a la dignidad sigue siendo una lucha diaria,

¿cómo podemos celebrar la resurrección?


¿Qué resurrección es esta que no toca la vida concreta de las personas?


¿Qué cristianismo es este que coexiste con la indiferencia?


La necropolítica no es solo un sistema global. Es también un hábito local.

Una forma de normalizar la desigualdad. De aceptar que unos vivan y otros sobrevivan.


Y quizá la imagen más violenta de esta contradicción sea esta:

mesas repletas en un lado de la ciudad, hambre silenciosa en el otro.
Huevo dulce en la boca de unos. Amargura estructural en la vida de otros.


Juan Crisóstomo advertía: «¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo?

No lo desprecies cuando lo ves desnudo».

Para él, la Eucaristía no podía separarse de la justicia.

El altar no podía coexistir con la indiferencia social.


Y más tarde, en la contemporaneidad, el papa Francisco insistió en la misma línea: «Esta economía mata».

No es solo una crítica económica.

Es una denuncia teológica: hay sistemas que contradicen directamente el Evangelio.

Pero ¿qué hacemos nosotros con estas palabras?
Las convertimos en citas. En discursos. En adornos morales.
Y seguimos adelante.


Quizás la imagen de Cristo huyendo de la cruz sea, 
al fin y al cabo,

la representación más fiel de nuestro tiempo.

No porque Cristo haya huido, sino porque nosotros huimos.


Huimos de la responsabilidad histórica que la cruz introdujo.
Huimos de la exigencia de transformar las estructuras.
Huimos del compromiso con la vida.


Y, sin embargo, hay otra lectura posible.
Quizás ese Cristo fugitivo no esté huyendo por sí mismo.

Quizás esté huyendo de nosotros.
De una humanidad que no ha aprendido nada de la cruz.
De una humanidad que ha convertido la redención en ritual.
De una humanidad que celebra la Pascua mientras sigue produciendo muerte.


Si queremos ser honestos, tal vez deberíamos desear esto:


Que los huevos de Pascua sean amargos en nuestra boca.
No como castigo. Sino como recuerdo.
Recuerdo de que no podemos disfrutar de la dulzura mientras otros viven en la amargura.
Recuerdo de que no hay resurrección sin justicia.
Recuerdo de que la cruz no fue un espectáculo, fue una exigencia.
Y que esa exigencia sigue vigente. 








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