Un texto de mi amigo Severino Ngoenha, para este viernes Santo:
Tengo una amiga llamada Manuela Soeiro. En
Mozambique, su nombre no necesita presentación: para muchos, es la
madre del teatro. En su casa, entre recuerdos, textos y gestos que
han moldeado una sensibilidad nacional, hay una obra singular: un
Cristo que huye de la cruz.
Es una imagen casi
insoportable.
Porque todo lo que sabemos —o creemos saber—
es que Cristo no huyó de la cruz.
Al contrario, la aceptó.
Y, en la tradición teológica más exigente, esa aceptación no fue un accidente de la historia,
sino el propio camino de la redención.
La
cruz no fue solo sufrimiento: fue el lugar donde se asumió la
violencia del mundo para vencerla.
Pero la imagen de ese Cristo
fugitivo nos perturba por una razón más profunda: revela lo que
hacemos todos los días.
Huimos de la cruz.
Huimos del sufrimiento del otro.
Huimos de la responsabilidad que la cruz introduce en la
historia.
Y tal vez, si somos rigurosos, debamos reconocerlo:
Cristo también quiso huir.
En Getsemaní, pide que le sea
apartado el cáliz.
En la cruz, grita el abandono: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
La cruz no es un gesto fácil. No es una estética del dolor. Es un escándalo. Es una ruptura.
Es el punto en el que el ser humano vacila.
Pero es precisamente
ahí donde reside su verdad.
La mejor teología nos enseña que
Cristo pasó por la cruz para que no hubiera más cruces.
Para que el sufrimiento dejara de ser la condición normal de la vida humana.
Para que la muerte dejara de ser el horizonte de las sociedades.
La cruz fue el precio para abolir las cruces.
Ahora bien, aquí es
donde empieza el problema de la Pascua.
¿Celebramos o
recordamos?
Si celebramos, nos quedamos en los huevos, en los
dulces,
en las comidas, en las mesas repletas, en los rituales vacíos.
La Pascua se convierte en un evento social, una festividad, una pausa gastronómica.
Pero si recordamos —y recordar, en el
sentido más profundo, es hacer presente—,
entonces nos vemos obligados a enfrentarnos a la pregunta esencial:
¿qué hemos hecho nosotros con la cruz?
Porque la cruz no es solo un
acontecimiento pasado. Es una exigencia histórica.
Y aquí
entra una de las categorías más perturbadoras del pensamiento
africano contemporáneo:
la necropolítica, concepto desarrollado por el filósofo camerunés Achille Mbembe.
La necropolítica es el
poder de decidir quién debe vivir y quién debe morir.
Es la política que organiza la muerte. Que la administra. Que la distribuye.
Y el escándalo es este: vivimos en sociedades que
se dicen cristianas —o herederas del cristianismo— pero que
siguen produciendo muerte.
No hablemos solo de las Cruzadas. Ni
de la esclavitud. Ni del colonialismo.
Sería demasiado fácil
refugiarnos en el pasado.
Hablemos del presente.
Palestina.
Sudán. Haití. Congo. Irán. Venezuela. Mozambique.
Territorios
donde la vida es precaria, donde la muerte es banal,
donde el sufrimiento no es una excepción, sino la norma,
y muchas de esas políticas son sostenidas, legitimadas o toleradas
por sociedades que invocan valores cristianos.
El velo del templo se rasgó con la
muerte de Cristo,
símbolo de que Dios ya no estaba separado de los hombres.
Pero hoy, ese velo sigue rasgándose de otra forma: para dejar entrar la muerte.
Y no podemos decir que no lo sabemos.
Lo
sabemos.
Lo vemos en directo. Lo presenciamos. Lo comentamos. Y
seguimos adelante.
Quizás deberíamos ser más
radicales.
Quizás no deberíamos celebrar la Pascua.
Quizás
deberíamos quedarnos en el viernes,
o en el sábado —ese día
suspendido entre la muerte y la esperanza.
Porque la
resurrección no puede celebrarse en una humanidad que sigue
produciendo cruces.
No hay domingo posible cuando el viernes se
prolonga indefinidamente en la vida de los demás.
No son solo
«los demás». No es solo Occidente. No son solo los imperios.
Somos
nosotros.
Nuestras élites africanas. Nuestros líderes
políticos. Nuestras burguesías emergentes.
Nuestras comodidades urbanas.
Mozambique no es una excepción.
En un país donde
barrios enteros viven en la precariedad extrema,
donde el acceso a la salud, al agua, a la dignidad sigue siendo una lucha diaria,
¿cómo podemos celebrar la resurrección?
¿Qué resurrección es esta
que no toca la vida concreta de las personas?
¿Qué
cristianismo es este que coexiste con la indiferencia?
La
necropolítica no es solo un sistema global. Es también un hábito
local.
Una forma de normalizar la desigualdad. De aceptar que unos vivan y otros sobrevivan.
Y quizá la imagen más violenta de
esta contradicción sea esta:
mesas repletas en un lado de la ciudad,
hambre silenciosa en el otro.
Huevo dulce en la boca de unos.
Amargura estructural en la vida de otros.
Juan Crisóstomo
advertía: «¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo?
No lo desprecies cuando lo ves desnudo».
Para él, la Eucaristía no podía separarse de la justicia.
El altar no podía coexistir con la indiferencia social.
Y más tarde, en la contemporaneidad, el papa Francisco
insistió en la misma línea: «Esta economía mata».
No es solo una crítica económica.
Es una denuncia teológica: hay sistemas que
contradicen directamente el Evangelio.
Pero ¿qué hacemos
nosotros con estas palabras?
Las convertimos en citas. En
discursos. En adornos morales.
Y seguimos adelante.
Quizás
la imagen de Cristo huyendo de la cruz sea, al fin y al cabo,
la representación más fiel de nuestro tiempo.
No porque Cristo haya huido, sino porque nosotros huimos.
Huimos de la
responsabilidad histórica que la cruz introdujo.
Huimos de la
exigencia de transformar las estructuras.
Huimos del compromiso
con la vida.
Y, sin embargo, hay otra lectura posible.
Quizás
ese Cristo fugitivo no esté huyendo por sí mismo.
Quizás esté
huyendo de nosotros.
De una humanidad que no ha aprendido nada
de la cruz.
De una humanidad que ha convertido la redención en
ritual.
De una humanidad que celebra la Pascua mientras sigue
produciendo muerte.
Si queremos ser honestos, tal vez deberíamos
desear esto:
Que los huevos de Pascua sean amargos en nuestra
boca.
No como castigo. Sino como recuerdo.
Recuerdo de que
no podemos disfrutar de la dulzura mientras otros viven en la
amargura.
Recuerdo de que no hay resurrección sin
justicia.
Recuerdo de que la cruz no fue un espectáculo, fue
una exigencia.
Y que esa exigencia sigue vigente.
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