domingo, 9 de junio de 2013

Cometas...




Cometas...




Un imperioso deseo de volar nos impulsa a todos, desde la más tierna infancia. El viento, las aves, el horizonte... nos hablan de él. Los más pequeños del barrio confeccionan cometas de su tamaño, con los restos de las bolsas de plástico que encuentran en los montones de basura. Hacer volar una cometa es volar un poco. Mientras se eleva, alta y victoriosa, sientes que una parte de ti también se eleva. Cuando una de ellas alza su vuelo es como un pequeño milagro, el silencio admirado la única respuesta. Así hablan los niños. Sorprende que algo tan sencillo, contenga tanto. Hemos nacido con un deseo de libertad y las cosas más sencillas lo contienen. Entristece ver cómo, al hacernos mayores, confundimos la libertad con tantas cosas...

Ando sumergido en este misterio, desde hace ya unas semanas. Pobreza, niñez y cometas, se me aparecen anudadas, y me pregunto cuánto de niño y de pobre me falta para poder levantar el vuelo.

Cada día aprendo más de mi gente del barrio, de todo un poco, pero la lección más importante es la de esta libertad, que vuela como una cometa mientras sonríe a la vida. Puede ser que ya esté volando y quizás no me dé cuenta. Desde luego, las cosas que importan son para ser vividas.

A los niños las cometas no les duran mucho, demasiado frágiles para soportar los vientos de Pemba, como demasiado frágil es también la libertad para el corazón humano. Quizás todas esas conexiones que tiene nuestro cuerpo son un reflejo de la necesidad que todos tenemos por encontrar ataduras. ¿Quién quiere libertad? canta Tagore, ¿No se ha atado él mismo? ¿Quién podrá desatarlo?...

Pero es más fácil no tener ataduras y poder escoger atarse, a tener que desatarse para atarse después de nuevo... y eso es lo que te da ser pobre.

Vivir aquí tiene mucho de inmediato, de cuerpo, de presente. Dar es darse, así sencillamente, porque no hay nada que pueda expresar lo que somos salvo nosotros mismos. Ser pobre es ser uno mismo. Con todo el peso de serlo, con toda la responsabilidad. Después de todo, cuando intentas vivir así, una especie de compasión se despierta, una generosidad natural en la acogida, entre las personas, y entonces todo tiene sabor de reino.

 
Esta tarde celebraba Pentecostés unas horas antes, con los niños y las cometas. Curioso que por todo compañero, tras su marcha, el maestro nos haya dejado el viento, el viento y el fuego… cuando las lluvias ya se alejan y las humaredas del fuego se levantan a lo lejos, aquí sabemos que la estación cambia, que vienen los meses de la sequia y los campos se disponen a descansar tras entregar generosos las cosechas. Los que tenemos la suerte de tener un pozo o una fuente cerca todavía podremos plantar alguna verdura. La vida es vida porque está cerca del agua. Pero todo dependerá de lo copiosas que hayan sido las lluvias… por toda África, esa ancestral veneración que profesan al fuego se hará sentir durante estos meses, porque todo se cubre de cenizas transportadas por el viento. Crece tanto la maleza que se explica, y está tan llena de vida la primera lluvia después del largo estío…

 

Los jóvenes cantaban al padre de los pobres… de mi corazón se apoderaba una inquietud, mientras miraba sus rostros y escuchaba. ¿Quién puede querer una vida así?, la dependencia y la inseguridad, el esperar paciente las cosechas… sabiendo que no bastarán para pasar los días, que no habrá para todos ni se podrá vender lo suficiente para cubrir las otras necesidades… No… sólo si al levantarse las personas encuentran sus posibilidades, si nadie se las ha arrebatado, si el viento sopla y disipa las brumas aunque no escatime el vuelo ni el esfuerzo, sólo si es por algo que merece la pena, se puede querer esta vida. Pero nada indica que esto sea posible, que realmente importen cada una de estas personas, ni tan siquiera, y quizás menos que a nadie, a los suyos. ¿Cómo puedo juzgar sus comportamientos? No estoy aquí para ello, sino solo para leer con ellos la palabra que salva, para escucharla con ellos, para tratar de seguirla con ellos. Sí, sencillamente para vivir con ellos, cada momento, cada instante, donde palpita la vida, esta que aquí se haya transida de dolor y esperanza. Aunque la cometa de nuestra vida se rompa pronto… África te enseña el enorme poder que tiene la vida: el de reconstruirse, el de levantarse de nuevo, el de salir adelante aunque ya no quede nada.

 




Ya en la fiesta del Espíritu, en ese canto de la tierra que nacía de muy adentro y se apoderaba de todo, llegó a mi corazón el respeto por todo lo creado… Es difícil que siga respetando a la naturaleza quien ya no depende de ella. Ahora que muchos prefieren lo artificial de la vida… no es lo mismo, pero lo que nos ata a ella sigue siendo lo más profundo de nosotros y dejamos de ser humanos cuando lo olvidamos. Esta es la humanidad que me seduce constantemente por estos parajes. Como una cometa…


Posos de café en Permba 37, 19 de Mayo de 2013.


Tantas cosas...


Tantas cosas… 



Son tantas las vidas que me dejan poso, tantas las personas que “con lazos de amor” se van atando, tantas las miradas y las sonrisas, tantas las palabras amables y es tanta la cercanía, que miles de páginas no podrían decirlas… sobrecoge, y siento el corazón que se expande hasta más allá de todas las fronteras.

Es esta sed de vivir vidas, cientos de vidas, miles de vidas… cada una de las que he llegado a encontrar, de las que me han encontrado, como si la posibilidad de cada encuentro me permitiese vivir cada vida como si fuera mía. Es la humanidad de mi corazón que se expande, se dilata, con el calor de cada encuentro. Y, si antes, había hilos que acababan, si me quedaba solo esperando… ahora me sacia cada sorbo, aun el más insignificante, y es como si todo me preparase a una plenitud ya cercana. Pero no la busco, cada encuentro es eterno, sencillo como las hojas de los árboles, y me basta la caricia del viento y su frescura. ¡Qué será de esa luz que todo lo transfigura, un fuego que no quema, un amor que no termina! 


 

Mis pasos siguen su camino, ni yo mismo sé hacia dónde, me basta este instante, lleno, colmado de vida. Y aunque a veces es agreste, de dolor transido, sigo, porque ya no tengo tanto miedo… 




No hay muros que derribar, vivir es cuerpo a cuerpo, y el balbuceo de mi abrazo o de mi beso, del estar así humildemente, se escucha. Pero no puedo responder si no es haciendo mío su grito herido unas veces de necesidad y angustia, de intensa alegría y esperanza, otras.

Hace ya unos domingos que celebramos fuera de la pequeña capilla, a la sombra de los árboles, porque la comunidad ha crecido. Para muchos es el descubrimiento de algo nuevo, donde antes no habían visto nada. Es la inmensidad del cielo estrellado, del mar o de la espesura, todo eso de Dios que no se puede contar, el don que a todos ha sido dado y que nadie podrá jamás reclamar como suyo. Sólo hay una vida pero en ella podemos vivir infinitas. Están llegando a la comunidad los ancianos que han pasado los meses de la lluvia en los campos, han recogido el maíz, y ahora esperarán a que pasen los meses de la sequía. Tienen el color de la tierra en sus cuerpos y sus mismos surcos en los rostros, contemplarles es sentir esa presencia que se impone como el misterio, como algo sagrado que ha permanecido en los fundamentos de la vida y la sigue sosteniendo.

El tiempo seco ha regresado y si los graneros no se han abastecido bien, la larga temporada que ahora empieza será dura. Y las lluvias este año, dicen, no han sido copiosas. Los ancianos me cuentan que no les duelen las lluvias, ellos dicen que Dios ya sabe. Les duele que no les paguen el algodón, el arroz o el maíz para poder pasar estos meses. También los alumnos de la escuela se indignan porque en las grandes empresas donde alguno tiene la suerte de poder trabajar su salario no pasará de doscientos dólares, pero los blancos, algunos de ellos, sólo por estar aquí, ganan hasta cincuenta veces más, por el mismo trabajo.

 


Pienso en aquellas palabras sagradas muchas veces: guárdalos porque no son del mundo… pero que yo pueda decidirme a seguirle y salir del mundo me ha sido concedido, a tantos y tantos, no. Mi vida y mi realidad estaban justificadas cuando llegué a África, nada justifica la situación de indignidad en la que viven estas personas. Se dice que los blancos pagamos la factura de serlo cuando llegamos aquí, y que el evangelio que trajimos no es verdad por lo que dice sino por lo que da a los que lo anunciamos, porque irremediablemente ha quedado unido a nosotros, a nuestra cultura y a todo aquello que no hemos sido capaces de dejar atrás; me consuela saber que Jesús también sintió lo mismo: me seguís por el alimento que perece… pero el evangelio no puede interpretarse, no podemos seguir anunciando algo que no creemos ni vivimos, sin ser capaces de asumir la sencillez que nos pide.

Que se restaure la justicia de este mundo quizás no sea posible. Podemos vivir sabiendo que no importa que no seamos ni podamos, que sólo importa que Él sea y pueda. Y mientras tanto, esperanza, sólo amante esperanza. Hasta que se diga la última palabra y los pobres puedan ser enaltecidos y colmados de bienes. Esto de los makúas es como lo nuestro cristiano: al Padre (tal vez) lo compartimos, pero la Madre es nuestra. Y es la Madre del tiempo seco, de la penuria y de la injusticia, la que canta a los humildes y a los pobres de la tierra. A veces, cuando me hace falta ver que hay alguien que no se despega de esto nuestro, me alegro y exulto con ella. 





Las ancianas makondes, algunas de ellas, conservan en su rostro las cicatrices de dibujos rituales. Una lámina afilada les recorría todo el rostro previamente dibujado cuando les llegaba la altura de pasar a mujeres, después la ceniza les cubría el rostro durante días. Cualquiera pensaría que así las desfiguraba pero cada una de ellas es una obra de arte. Con el tiempo esos dibujos permanecen de un color azulado. Una de ellas, la más anciana de la comunidad, con esos ojos ya nublados, cuando me acerco hasta ella porque ya no puede andar extiende sus manos nudosas para recibir a Cristo. Entonces me parece que se une lo más antiguo del mundo y lo más nuevo, y que esa unión sella el tiempo y lo protege, y siento la firmeza de este mundo que ya nada podrá destruir. 


Posos de café en Pemba 35, 18 de Abril de 2013.




domingo, 12 de mayo de 2013

Muxara



Muxara 


Soplaba el viento que todas las tardes nos acaricia el rostro y parece llevarse las capas de sufrimiento que se han ido acumulando a lo largo del día, como si desatara los fuertes nudos de tantas tensiones … ¡Cuánto me gusta el viento! Y más ahora, en este clima tan agresivo, que tantas veces se confunde con la misma vida. Siempre hay viento. Y esta certeza me llena de gratitud y de esperanza.



La comunidad de Muxara me esperaba, entre expectante y asombrada. Unas pocas sillas y unas cuantas esteras. Un circulo espontaneo, de ancianos, mujeres, jóvenes y muchos niños, siempre muchos niños. Un pequeño resto que me recordó, no sé muy bien porqué, al Israel del Éxodo. La sombra y la frescura del árbol del mango, inmenso como casi todos, nos daba la bienvenida. Nada importaba, sólo la presencia. Algo que hemos olvidado demasiado en nuestro civilizado primer mundo. Vestidos de pobreza, de ingenuidad y de una gran libertad, empezaron a dejarme poso… 



Muxara es el barrio contiguo a Mahate que se prolonga hasta el primer desvío del interior. Más allá se extiende la grande sabana y el bosque bajo, allí empiezan las poblaciones del interior de la Provincia, cuanto más te adentras en ellas más profunda es África. A muy pocos kilómetros se encuentran las playas paradisiacas del Índico, desde la playa de Chuíba, Kobá, hasta Murrebue y Mecufi. Hasta hace pocos años se podía llegar campo atraviesa en poco tiempo hasta la playa, era el camino de los pescadores. Hoy ya no se puede, el gobierno ha vendido a los extranjeros casi toda la costa y estos prohíben el paso a cualquier persona, para llegar a ella hay que dar una increíble vuelta que nunca fue necesaria.


Soy de un pueblo que se vio obligado a abandonar sus casas por causa de una presa y, aunque de eso ya han pasado muchos años conservo en mi memoria la tristeza de tener que dejar un hogar. No puedo juzgar si entonces las razones fueron justas, pero sé lo que siente el corazón cuando le arrancan las raíces. A un lado y a otro de Muxara esas máquinas que todo lo destruyen en un instante han devastado. Con poco dinero es fácil que muchos caigan en el cepo. La miseria no es sólo material. Algunos creen que el desarrollo exige esta renuncia. También la gente de mi comunidad está vendiendo sus casas y terrenos, aunque me canso de decirles que no lo hagan, que alquilen si es preciso, pero que conserven lo que es suyo. 



A los dos lados del terreno donde nos encontramos, empresas de la madera propiedad de los chinos. Adónde va tanta madera, nadie lo sabe. Pero en las escuelas los niños siguen sentados en el suelo… Un país vendido a parcelas, un pueblo olvidado. Es duro, es la agresividad del sol tropical y es esta impotencia de la que no puedes escapar, cada vez que te das cuenta de lo que realmente sucede.


Pero la historia de Muxara no se escribirá con esa tinta. Estoy convencido que las grandes construcciones pasarán y no quedará de ellas piedra sobre piedra, sus letras se escriben en el papel del tiempo que arde. Pero Muxara, los pobres, no, ellos escriben su historia con sangre sobre la roca. Cincelando como dice Job. Y por eso esta historia es verdadera: son los ojos atentos de hombres, mujeres y niños, cuando sientes que las personas que te escuchan se beben las palabras, es la humildad sin pretensiones que desafía todas esas maquinaciones artificiales que sólo buscan poder y dinero. Porque es el lenguaje de la sencillez, del alma, del evangelio. Ese lenguaje que ya nadie podrá callar.


Si Mahate fue como un bautismo, una conversión que sigue dando forma a mi vida, Muxara ha confirmado el único sacramento, el de la presencia: amante, perdonadora, capaz de ponerse en lugar del otro que sufre y decirle “no sufras más, yo cargaré tu sufrimiento”.




La despedida de Jesús no podía ser otra: esto os dejo, amaos como yo os he amado. La fuerza de vivirlo es su Espíritu. Nos hemos reído en la eucaristía, otra vez, al recordar al gran ermitaño del desierto; después de dejarlo todo y retirarse, fue bendecido con una visita del mismo Dios y este le dijo: estoy contento de ti, Antonio, pero todavía más del cestero del pueblo. Sin más, vistió su capa raída y fue al encuentro del cestero. ¡Cuánto rezarás - le dijo – para que no se condenen los pecadores! Pero el cestero le respondió: no, santo hombre, rezo para que si alguien ha de ser condenado que ese sea yo. Y eso es amar como Jesús amó, subir a la cruz para que no tengan que subir los otros… su demasiado amor nos pone a prueba. ¿Aprobamos el examen? Se me ha ocurrido preguntar… ¡No! Han respondido. Mientras haya un solo hermano subido en una cruz estaremos todos excluidos.

 

Habrá historia escrita en la misma roca y viento que seguirá soplando, habrá libélulas mostrando el camino, palabras que llenan de vida a los pobres.  

Ha vuelto Wahicha, la más pequeña y feliz de todas las libélulas. Horace sigue escribiendo en la arena, en las paredes, por doquier, el nombre de Aquel que por quien ha decidido vivir. El mundo está en sus manos, porque más allá de ellos sólo veo vacío, tristeza y muerte.



Posos de café en Pemba 36, 28 de abril de 2013.



miércoles, 1 de mayo de 2013

Jesús Cristo




Jesús Cristo 





Cuando me he dado cuenta algo de muy adentro se me ha removido. Dibujaba en el suelo y pensé que sólo eran garabatos, sin demasiado sentido. Sus ojos chispeaban con aquella luz del atardecer en Upeponi, la playa virgen de Murrebue, uno de los barrios de mi territorio. En Makúa quiere decir Paraíso… y no creo que nadie les haya enseñado porqué una playa así es un paraíso. Hoy lo he visto de nuevo, como lo he ido viendo en cada persona con la que hemos compartido un tiempo en la playa. El cálido océano despierta una alegría genuina, la mirada se dispara al horizonte y se pierde en los verdes y turquesas, en los azules transparentes, y las arenas de un blanco deslumbrante han aprendido a ser como almohadas para los pies. 



Hemos ido de paseo pascual a la playa con los jóvenes. Horace es un tanzaniano que hace poco que conozco, porque al no tener lugar en ninguna escuela del barrio se tuvo que ir a Mieze, una de las primeras poblaciones del interior saliendo de Pemba. Desde que ha conocido la misión viene siempre que puede, y cada día me repite lo mismo, quiere ser como yo. Le digo que eso no es posible, que yo soy blanco… al parecer le da igual, porque sigue repitiéndolo cada vez que nos encontramos. Ya al atardecer, decidí andar un buen tiempo por la orilla del mar casi sin darme cuenta del espectáculo natural que me rodeaba. 

Pienso en mí, en mi ministerio, en todas mis sombras y también en mis pocas luces, y la verdad, no sé qué responderle. Acoger un deseo como el suyo, como el de tantos, es un desafío. Es un choque con la realidad, con ese tener los pies en el suelo que tantas veces nos decimos aquí y, de entrada, parece que no merece la pena el esfuerzo. Me pregunto hasta qué punto es sincero, pero en el fondo es por mi sinceridad por la que estoy preguntando. Si el amor es sin condiciones, ¿tendrá sentido hacer preguntas? Pero lo que de verdad me ha despertado ha sido verle escribir en la arena, con el dedo, esas palabras: Jesús Cristo.

Ya nos preparábamos para volver… había hecho un círculo en la arena y escribía con los dedos. Como si se pudiese entender el significado de esas palabras allí dentro, o como si yo pudiese comprender el misterio de su deseo, el de esa pequeña persona allí escribiendo. Horace no quiere ser como yo, quiere ser como Jesucristo. No quiere ser blanco… De nuevo, algo que no puedo controlar ni dominar, algo sagrado, se me está revelando. Se escapa de mis manos como la arena fina, aunque algo de ella se me quede pegado, una historia que se hará sin que yo lo decida, la historia de Dios…

Hay algo que ha visto en mí que ni siquiera yo soy capaz de ver. Por un momento he comprendido que su deseo es puro, verdadero. Ahora es mi vez de responderle, aunque no sepa muy bien cómo hacerlo. En uno de nuestros encuentros, de esos en los que no paran de preguntar, les pedí que dijesen el nombre de tres personas que habían sido importantes en su vida. Porque de esas personas tenemos la vida llena, cada uno de nosotros. Para las otras, para las que han sido o son importantes por otras razones tenemos mala memoria. Es bueno que sea así, porque cuando es así, podemos perderlo todo y seguiremos estando llenos. Horace lo dijo de nuevo: Jesús Cristo. Me levanté, lo abracé y le di un beso, y él, riendo, me lo devolvió.



No puede ser cierto si no es porque para él Jesucristo es como de la familia. Se hablan, se escuchan, se acompañan, se aman… y como los enamorados, se escriben los nombres por las paredes. Desde entonces no lo pierdo de vista, y si alguien bebe de la fuente queriendo beber toda el agua, ese es Horace. Ávido del amor, ávido del sentido, ávido de la libertad… Me da que Jesús debe escribir también su nombre por todas partes, posiblemente ahora, estará escribiendo también el mío. 


Y yo buscando entre pensamientos, profundas reflexiones, altas contemplaciones… olvidándome quizás de los pucheros, de eso de cada día, donde realmente se juega la verdadera vida. No me extrañaría que en algún recoveco Horace se haya encontrado con aquel niño que te pregunta el nombre: soy Horace, Horace de Jesús. ¿Y tú quién eres? –le habrá devuelto la pregunta: Jesús, Jesús de Horace –habrá respondido. 



Pascua es porque está vivo. Los jóvenes de la misión lo creen y lo viven, en medio de las mezquitas, en una cultura que nada deja sentir de su presencia, en la pobreza extrema de casi todos ellos. Una riqueza de humanidad, de vida, una presencia del Espíritu que llena todas las cosas, llama de luz y de calor –como cantan ellos- que nada ni nadie puede apagar, les mantiene erguidos, de pié y al pié de las demasiadas cruces que a veces les toca vivir.





Aquel mismo niño, a la orilla del mar, me confirma en esta actitud humilde y acogedora. Jamás entrará el agua del mar en ese hueco, porque no es posible comprender el misterio de cada persona. No hay preguntas en el amor, cuando este es de Dios, cuando es sin condiciones.



Posos de café en Pemba 34, 18 de abril de 2013.


viernes, 26 de abril de 2013

Justicia



Justicia




Sebastián es uno de los jóvenes de la comunidad. Canta en el coro con una voz inconfundible y cuando no está se nota su ausencia. Lo del coro es impresionante… no sé cómo lo hacen, ni creo que ellos lo sepan. Acompasan las voces porque no puede ser de otro modo, como si la misma naturaleza marcase el ritmo y los condujese, o precisamente porque lo hace. Lo cierto es que cada vez que los jóvenes cantan algo poderoso emerge y arrastra a toda la comunidad. Si dijese que es como si estuvieses en un concierto de música góspel me quedaría muy corto… entre otras cosas porque sus instrumentos son unos palos y un par de enormes batuques mezclados con algún sonajero improvisado.

Pero Sebastián ha sido para mí un grito de justicia en estos días. Un alemán, uno de tantos que al parecer se dedica al tráfico de marfil y posiblemente de otras cosas, se encaprichó hace una semana del terreno de Sebastián, donde se había construido con paciencia y mucho esfuerzo una casa para irse a vivir allí, le faltaba solamente cercarlo y algún que otro acabado del tejado. Sus padres se lo dejaron, de lo poco que poseían, porque también ellos lo habían recibido de los suyos. El problema es que el terreno queda demasiado cerca de la bahía y, para un blanco encaprichado, Sebastián no es ningún obstáculo. La semana pasada llevó una máquina y destruyó la casa recién terminada.

El hecho en sí no pide más explicaciones, pero es importante hacerse una idea de lo confeccionadas que son las casas makúas: un doble enrejado de bambú que se rellena de piedras forma las paredes, cada intersección se ata minuciosamente, después de rellenadas las paredes, la argamasa tradicional de barro sirve de cemento. La verdad, se logra una consistencia y una dureza en este tipo de construcciones que sólo una máquina puede destruir. 

Imaginar la desolación de Sebastián es fácil, ponerse en su lugar, como en el cualquiera de las personas de Mahate o Muxara, es imposible, sencillamente porque yo también soy blanco. Nos pusimos en contacto con el administrador del barrio, llamamos a la policía, todos daban la razón a Sebastián. Trabaja de segurata cuando le llaman y, por supuesto, le pagan una miseria. Al no poder mantener a sus tres hijos los tiene desperdigados por la provincia, con abuelos y tíos, hace tiempo que la mujer le dejó porque decía que no tenía nada. Aunque algunas de estas cosas me las imagino, para nadie es fácil confesar algo que le avergüenza y menos así de primeras. La cuestión es que el alemán huyó, al parecer al norte, donde las manadas de elefantes están siendo diezmadas impunemente y el marfil no declarado abunda. Se dice por aquí que los elefantes odian a los humanos y que quien sufre cuando están enfadados son las hierbas: las aldeas nativas que viven en su territorio y que han sabido respetarlos desde hace siglos. A veces preguntarse si el hombre blanco hace algo bueno es tan evidente…

Sebastián ha ido por lo legal, exigiendo sus derechos, hasta que ya no ha podido más. Tras pagar a los tribunales y a la policía, cada vez que trataba de dar un paso, se ha quedado sin nada. Él no entendía por qué tenía que pagar cada vez, hasta los saldos del teléfono del policía de turno que, según él, iba a hacer una llamada referente al caso. “Usted es el interesado” le han respondido continuamente. No han encontrado al alemán, y es posible que nadie lo busque de hecho, pero el poco dinero que Sebastián tenía se les ofrecía en bandeja sin esperarlo, encima justificándose porque es su trabajo. Hasta tal punto está todo corrompido, tribunales, policía, administración… que no sido capaz de encontrar una rendija desde donde poder ayudar a Sebastián de alguna forma, por los cauces de la legalidad vigente.

Después de hablarlo mucho decidimos olvidarnos de todo, de la policía y de los tribunales, y construir de nuevo la casa. Quizás, si esta vez, levantamos antes una cerca en el terreno le quede claro al alemán. Aunque lo dudo, y dudo que la justicia quiera o haga algo, si se presenta de nuevo la ocasión…

Me pongo a pensar en estas familias de amigos, aquí en el barrio, en lo fácil que sería su vida sin nosotros de por medio, sin esos megaproyectos, sin la explotación de piedras preciosas, gas o petróleo, que evidentemente sirve a los intereses de unos pocos en este país. En Mahate muchos han aprendido un oficio, y durante años se ha vivido así, unos trabajaban para otros y estos para los unos, lo que aquellos no sabían hacer lo sabían estos. Se respondía a las necesidades reales de las familias, de cada casa. Aquí siguen viviendo así, pero hoy en medio de empresarios venidos por “la llamada del oro”, y algo que quizás no fuese tan patente años atrás hoy lo va destrozando todo: la sed de riqueza, la ambición y la codicia.

Tengo la impresión de que la hipocresía de estas multinacionales es extrema, porque al parecer el derecho a enriquecerse no es de todos, es una prerrogativa suya, de los que están arriba, y los pocos que consiguen entrar en su mercado de trabajo han de conformarse con un salario irrisorio, en una ciudad que es más cara que las ciudades europeas. 


Quizás para recordarnos que la vida no consiste en cansarnos toda la noche intentando pescar algo para comer, sino en algo más importante, se aparece Jesús a los suyos, junto al lago de Tiberíades. Para que no lo olvidemos tampoco hoy, hay cosas esenciales y tienen que ver con las personas, la llamada a salir de nosotros mismos y preocuparnos de los demás, de todas las ovejas… que tienen hambre y sed, y tal vez no hay luz en sus vidas.

Posos de café en Pemba 33, 14 de abril de 2013.