Justicia
Sebastián es uno de los jóvenes de la comunidad. Canta en el coro con una voz inconfundible y cuando no está se nota su ausencia. Lo del coro es impresionante… no sé cómo lo hacen, ni creo que ellos lo sepan. Acompasan las voces porque no puede ser de otro modo, como si la misma naturaleza marcase el ritmo y los condujese, o precisamente porque lo hace. Lo cierto es que cada vez que los jóvenes cantan algo poderoso emerge y arrastra a toda la comunidad. Si dijese que es como si estuvieses en un concierto de música góspel me quedaría muy corto… entre otras cosas porque sus instrumentos son unos palos y un par de enormes batuques mezclados con algún sonajero improvisado.
Pero Sebastián ha sido para mí un grito de justicia en estos días. Un alemán, uno de tantos que al parecer se dedica al tráfico de marfil y posiblemente de otras cosas, se encaprichó hace una semana del terreno de Sebastián, donde se había construido con paciencia y mucho esfuerzo una casa para irse a vivir allí, le faltaba solamente cercarlo y algún que otro acabado del tejado. Sus padres se lo dejaron, de lo poco que poseían, porque también ellos lo habían recibido de los suyos. El problema es que el terreno queda demasiado cerca de la bahía y, para un blanco encaprichado, Sebastián no es ningún obstáculo. La semana pasada llevó una máquina y destruyó la casa recién terminada.
El hecho en sí no pide más explicaciones, pero es importante hacerse una idea de lo confeccionadas que son las casas makúas: un doble enrejado de bambú que se rellena de piedras forma las paredes, cada intersección se ata minuciosamente, después de rellenadas las paredes, la argamasa tradicional de barro sirve de cemento. La verdad, se logra una consistencia y una dureza en este tipo de construcciones que sólo una máquina puede destruir.

Sebastián ha ido por lo legal, exigiendo sus derechos, hasta que ya no ha podido más. Tras pagar a los tribunales y a la policía, cada vez que trataba de dar un paso, se ha quedado sin nada. Él no entendía por qué tenía que pagar cada vez, hasta los saldos del teléfono del policía de turno que, según él, iba a hacer una llamada referente al caso. “Usted es el interesado” le han respondido continuamente. No han encontrado al alemán, y es posible que nadie lo busque de hecho, pero el poco dinero que Sebastián tenía se les ofrecía en bandeja sin esperarlo, encima justificándose porque es su trabajo. Hasta tal punto está todo corrompido, tribunales, policía, administración… que no sido capaz de encontrar una rendija desde donde poder ayudar a Sebastián de alguna forma, por los cauces de la legalidad vigente.
Después de hablarlo mucho decidimos olvidarnos de todo, de la policía y de los tribunales, y construir de nuevo la casa. Quizás, si esta vez, levantamos antes una cerca en el terreno le quede claro al alemán. Aunque lo dudo, y dudo que la justicia quiera o haga algo, si se presenta de nuevo la ocasión…
Me pongo a pensar en estas familias de amigos, aquí en el barrio, en lo fácil que sería su vida sin nosotros de por medio, sin esos megaproyectos, sin la explotación de piedras preciosas, gas o petróleo, que evidentemente sirve a los intereses de unos pocos en este país. En Mahate muchos han aprendido un oficio, y durante años se ha vivido así, unos trabajaban para otros y estos para los unos, lo que aquellos no sabían hacer lo sabían estos. Se respondía a las necesidades reales de las familias, de cada casa. Aquí siguen viviendo así, pero hoy en medio de empresarios venidos por “la llamada del oro”, y algo que quizás no fuese tan patente años atrás hoy lo va destrozando todo: la sed de riqueza, la ambición y la codicia.
Tengo la impresión de que la hipocresía de estas multinacionales es extrema, porque al parecer el derecho a enriquecerse no es de todos, es una prerrogativa suya, de los que están arriba, y los pocos que consiguen entrar en su mercado de trabajo han de conformarse con un salario irrisorio, en una ciudad que es más cara que las ciudades europeas.
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Posos de café en Pemba 33, 14 de abril de 2013.