jueves, 10 de enero de 2013

Sombras y silencios




Sombras y silencios


Parece que la intensa luz de los comienzos empieza a dejarme ver, los contornos, las figuras, las sombras en las oquedades. Esperaba este momento, cuando todo se apacigua, la intensidad se destensa, las aguas que todo lo inundaban vuelven a su cauce. Pero toda la luz por la que me he dejado cubrir en este tiempo no se va, sólo se acostumbra, se amolda a mis pasos y a mi hacer de cada día, sencillamente se hace cotidiana. Ahora la musica guarda sus pausas, me deja su sabor, y luego vuelve, y la luz se atenúa, me permite descubrir aristas, grietas, sombras, allí donde hace poco tanta intensidad no me dejaba.

Debe ser la manera que tiene Dios de ser humilde ésta de acostumbrarse, de hacerse con nuestro paso, cuando seguramente podría ir muy aprisa. Pero además no deja de ser su provocación, para que dejemos de mirar al cielo, y de una vez por todas abramos los ojos al que nace mezclado en la tierra, y le reconozcamos en el que está tirado a la orilla del camino.

 
Los silencios y las sombras se descubren sobre las rocas volcánicas de ciertas partes de la bahía, cuando el mar se retira y muchos niños se acercan para rebuscar tesoros. Ahí, entre tantas cosas que las olas dejan sobre las rocas quedan también los desechos, muchas de esas cosas rotas o inservibles que un día alguien arrojó al agua, o quizás simplemente las que se fueron deteriorando con el tiempo y el mar fue su destino. Dicen que el mar siempre lo devuelve todo como si quisiese permanecer en su equilibrio, en su pureza. 

Uno de esos desechos es el poder. Es tan sencillo de descubrir como la suciedad que ha quedado debajo de la alfombra o de la estera después de mucho tiempo. El poder debe ser una de esas raíces que se resisten a abandonar el corazón humano aunque una y otra vez intentes arrancarla. Qué difícil es vivir en la vulnerabilidad de sí mismo, sin más protecciones que las de tu libertad y tus decisiones. 

Me doy cuenta que toda la humildad de los pueblos sencillos y pobres es como el mar que todo lo cubre, pero que a veces se retira dejando al descubierto, sobre las rocas de la vida y de la historia, los desechos inservibles de nuestros deseos de poder, nuestras ambiciones y luchas sin sentido, que están destinadas a desaparecer. Cuando lo que hemos dado a las personas no es el Evangelio sino nuestras pobres interpretaciones de lo que creemos que son Dios y el hombre, cuando las personas no han conocido al Dios de Jesús, sino apenas las imágenes deturpadas que hemos ofrecido, interesados quién sabe en qué, entonces raíces, como esta del poder, se entremezclan en la comprensión de la vida y lo pervierten todo. La envidia, la mentira, la corrupción, envuelven poco a poco el deseo de las personas.

Jesús dice que no podemos dejar que la sal se corrompa, y es muy difícil que eso suceda, pues es ella la que ayuda a otros alimentos a que no lo hagan. Pero si algo puede corromperla eso es el poder. 




Estoy convencido de la revelación de la persona humana como libertad que quiere ser reconocida, que contiene el Evangelio. Sin embargo hemos impuesto un modelo de ser persona en el que nos sentimos seguros con nuestros miedos y no enfrentamos el misterio de nuestra libertad vulnerable. Las personas no reconocen en el Evangelio esta revelación de la persona sino algo que hemos impuesto, podrán aceptarlo pero no lo asumirán como algo suyo. Nosotros mismos no sabemos qué hacer con la libertad que somos, preferimos encajar en modelos que nos protejan de una forma u otra aunque eso suponga renunciar a lo más sagrado de nosotros mismos. Y no hay ningún modelo en el que no esté el poder haciendo de las suyas. Si hasta para las vivencias más puras del evangelio es una tentación continua… 


El resultado son sombras y silencios. Conciencias de raza o creencias, deseos superiores de ser, tener o dominar, envidias y exclusiones, el olvido de los demás y hasta la indiferencia.

Lo peor del poder es que nos impide vivir la realidad como ella es, sacarle todo su jugo, amarla y disfrutarla, sufrirla y acogerla. Y, en el fondo, es una especie de vida que espera sólo la muerte…

Decir que todo será vencido por un niño… suena a locura. 

 
Pero así es y por eso es Navidad. Un niño que nunca negará su vulnerabilidad, su impotencia, su no-poder. Un niño que no permitirá que en su corazón enraíce el poder de ningún tipo. Un niño que escogerá siempre el amor, se hará uno con él, y podrá hacerlo porque habrá guardado su vulnerabilidad hasta el final. Este niño es como el mar que a ciertas horas lo inunda todo, luego se retira y nos permite ver tanto tiempo perdido, para que despertemos de una vez al ritmo de sus olas, y luego vuelve de nuevo a cubrirlo todo.

El amor cubre infinidad de pecados…

Cuando miras desde aquí a las instituciones, sean las que sean, inevitablemente reconoces la presencia de este desecho, te das cuenta que cuanto más nos institucionalizamos más nos perdemos y confundimos, que sólo desde la humildad Dios nos reconoce y enaltece, y entonces somos.


Esta tarde Yuma vendía películas pirata por la calle, ya se le han acabado las postales. Venía como uno de aquellos pastores, pero con su balanceo característico y la sonrisa permanente. Le he dicho que no me gustan las películas en las que sólo se dedican a matar gente y entonces me ha respondido que también tenía algunas para niños. He pensado en el niño y en el pastor Yuma llevándole una película para niños en la noche cálida que él está acostumbrado a vivir. Si pudiese escoger iría como un pastor, humilde y pobre, con algo de lo que tuviese para vivir, para ofrecérselo al mismo niño que él es capaz de ver en todas las personas a las que se acerca para venderles películas.


Jesús debía ver sal en cada persona, sal que no se ha corrompido a pesar de todo, Yuma ve al niño que hay en cada uno de nosotros, y con humildad se acerca. A mí me ha dado la impresión que más que pedir, me ofrecía, me hacía el regalo de poder ayudarle. Pensaba también en el evangelio: bendito tú porque has creído, no hay en ti raíces de poder, sólo luz y música sin sombras ni silencios.

Posos de café en Pemba 16, 22 de diciembre de 2012.



sábado, 5 de enero de 2013

Lo único que tenemos...





Lo único que tenemos...




Lo que más impresiona en Pemba es lo que llaman la ciudad alta, en sus días señorial, mientras paseas sin prisa por la acera de palmeras que como una muralla natural advierten de la rocosa caída en su bahía. No impresionan los viejos edificios ni esos otros más nuevos que se amontonan en pocas calles. Lo admirable, al atardecer o al amanecer de cada día, es cómo involuntariamente la mirada se dispara, hacia el inmenso y viejo continente como surgiendo de las aguas... tienes que voltear la cabeza de lado a lado y África se dibuja, inmensa, salvaje, conteniendo todos los misterios y tesoros de la vida desde el origen de los tiempos. Entre el mar y la tierra que emerge, se puede escuchar un diálogo pacífico y humilde a la par que grandioso. 



En el paseo, cada tarde, la mirada se pierde y se reencuentra constantemente. Realidades que están ahí y que ayer no veía se ofrecen como regalos, y cada día se completa un poco más ese cuadro, ese paisaje, demasiado viejo para ser comprendido, demasiado virgen para ser tocado. Una pareja llena de juventud, me hacía pensar en este abrazo contemplado entre el mar y la tierra. Una especie de abrazo eterno, permanente, infinito. Como si en él estuviese al mismo tiempo el comienzo del amor y también su fin. Toda la historia desde sus inicios hasta su plenitud ya contenida.



Entonces he pensado, y no sé muy bien porqué, que la libertad consiste en no exigirle nada a la vida. Quizás por esa sensación de total ofrecimiento en un instante. A la vida puedo pedirle algo, suplicarle incluso, pero no exigirle. Una humilde acogida, un acatamiento, una reverencia, y dejar que ella se diga, aunque nos abrume su silencio y nos envuelva. 



Como ella misma todo es a lo grande en África, desmesurado. Y es quizás esta sin medida la esperanza del mundo... una sin medida de vida, de misterio, de sabiduría. Sin medida que muchos siguen confundiendo para expoliar una dignidad a la que no tenemos derecho. Una de las cosas que hace tan sagrado a este pueblo es esta condición acogedora, natural, que no juzga a nadie, que acoge a cualquier persona, incapaz de sentirse nunca por encima, y que sin embargo es portadora de la desmesura de la vida, del misterio y la sabiduría. Libertad es no exigirle nada a la vida, tan solo suplicarle humildemente lo que a ella pertenece. Como esa parábola de los talentos, o la de los viñadores, o como las palabras de confianza en la providencia que Jesús tanto amaba.


Así ha sido la lluvia en estos dos días, desmesurada, generosa. Cuando pienso en todas las gentes del interior, o simplemente en las de los barrios de aquí, de la ciudad, las muchas personas que hacen kilómetros cada día para encontrar agua... y que ni tan solo esto seamos capaces de recibir agradecidos, entonces es cuando siento más la diferencia, lo que abre esa brecha entre un mundo y otro, no tanto el tener o no tener (que también) sino sobre todo el desprendimiento interior, el saber que nada es mío ni nuestro sino sólo Dios. Sólo él es Padre Nuestro. Lo demás es dádiva, nada más, pura y amorosa dádiva de la vida. Ser pobre es saber esto, que sólo Dios es nuestro, entregado a nosotros, dispuesto a que le demos vida o muerte. Dios, es lo único que tenemos.

Hablando con Abdul, con Abene y con Anli, musulmanes piadosos, humildes corazones abiertos, descubro esta verdad, más allá de todas las convicciones religiosas tan definidas en nuestras escuelas. Se ríen conmigo cuando les cito al místico sufí: el que tiene la enfermedad llamada Jesús ya no se cura. Ellos, que se dirigen a Dios todos los días cinco veces, a un Dios más allá de todo, se encuentran conmigo en lo único que tenemos: a Dios, “nuestro”. Uno se da cuenta que lo que nos hace creyentes es esta conciencia de “tener” a Dios, algo que pertenece a la vida y no a las convicciones pensadas. Podemos encontrarnos y vivir juntos en lo que es vida, no en las razones. En la gratuidad de todas las cosas que no nos pertenecen, que recibimos y nos hacen sentir, respirar y reconocernos los unos a los otros. Es ese respeto y reverencia de San Ignacio, al Padre y “nuestro”, a cada uno de sus hijos. Y aunque la conciencia de ello no sea demasiado explicita, es verdad y es posible porque es la vida. 


 Es curioso que el encuentro verdadero sea este, en la vida, más allá de las convicciones. Orar, Dios y las personas, la dádiva de todas las cosas, son realidades posibles entre cualquier persona. Convicciones razonadas son las que, después de todo, nos separan y someten a la violencia del poder, al engreimiento de las verdades que ya no son más verdades cuando profanan la vida.



Siento que este Dios entregado en nuestras manos, “lo único que tenemos”, es el Dios que nace en la gruta, a la luz de las estrellas. Pero este año aquí y allá, entre las grietas y en los recovecos de aquella cueva, también están las libélulas, quietas, esperando… brillando tenuemente, con el sol que ha impregnado sus alas durante los días, custodiando la esperanza de la humanidad, que poco a poco se despierta en el seno de una madre. La bahía de Pemba es como un regazo, como una madre que va derramando la vida a todos los hijos, mientras estos esperan, piden, suplican porque han aprendido que a la vida no hay que exigirle nada.

Posos de café en Pemba 15, 13 de diciembre de 2012.


 

miércoles, 2 de enero de 2013

Minhuene




Minhuene




Dos jovenzanos nos insistieron para que fuésemos a la aldea, Minhuene, a tan sólo cien o doscientos metros del entorno de la ruinosa pero magnífica misión de los montfortinos, fundadores de la diócesis de Cabo
Delgado. Gilberto y Antonio, sin todavía los quince años. Estuvieron en la eucaristía por la mañana, en la que como invitado tuve que hablar mientras el párroco me traducía a esta lengua misteriosa que es el makúa.







En toda la semana no habíamos visto mucha gente, y pudimos concentrarnos en el trabajo personal, con una misionera franciscana y un seminarista que se prepara para diácono. A tiempos con una y con otro, descubriendo juntos lo apasionante de un seguimiento en libertad como nada ni nadie puede ofrecer, de una palabra que se impone porque es verdad y todos pueden entenderla, de una vida que merece la pena de ser vivida porque está llena de luz y de esperanza.









En la aldea coincidieron los ritos de iniciación de algunas muchachas y los funerales de un anciano importante. Por eso no acudieron muchos esa mañana. Se me ocurrió hablar del corazón de Dios con la palabra en makúa para decir gracias, “assante”. Con eso de Juan el Bautista preparando caminos es fácil reconocer a tantos que a nosotros nos han preparado el camino, a tantos que nos han allanado las aristas de la vida, a veces sin darnos cuenta. Abrir los ojos y reconocer a esas personas que constantemente nos preparan el camino o lo hicieron en su día, aunque no estén hoy entre nosotros, es decir “assante”. Lo que tuvo más éxito fue cuando dije que las mangas que nos comemos están ahí porque un día alguien plantó esos árboles hoy inmensos. Seguramente, las risas fueron por los enfados del párroco con los críos que se suben a las ramas más altas sin encomendarse a nadie o se pasan la mañana tirando piedras a ver cuántas caen. Si no fuese porque luego las mismas piedras le rompen las tejas… y, desde luego, no hay tejas de repuesto por todo el norte de Mozambique. Quizás haya en el sur pero eso es como irse a Rumanía desde Madrid…

Remigio es uno de esos párrocos africanos que está de vueltas, un cáncer lo tiene a medio gas ya hace unos años, ha dejado atrás un problema con la bebida, seguramente no le queda mucho. He tenido que abrir mucho los ojos para descubrir a este hombre durante esta semana. Ha estado pendiente de nosotros en todo, en una situación que todavía me maravilla. El calor ha sido, algún día especialmente, asfixiante; toda la semana una plaga de hormigas carnívoras nos ha hecho caminar dando saltos, sin luz, sin agua… ésta tenía que ir a buscarla a quince o veinte kilómetros, a veces más, para el baño y la cocina. Las lluvias atrasan y en algunos pozos la gente ha hecho cola toda la noche para poder llevar un bidón a casa. Solo, a más de dos horas de camino de Pemba. Cada día nos sorprendía abriendo su corazón con una plegaria diferente, salida del corazón, pidiendo por nosotros y por los más pobres… Tiene las piernas hinchadas, fiebre recurrente, cuando puede se desplaza a Pemba para comprar las medicinas que le han recetado. Estos días nos hemos reído, hemos hablado de todo un poco, y ha agradecido que hayamos compartido con él. Por supuesto no puede enfrentarse a algo como esa plaga de hormigas que nos ha dado la semana, tampoco puede hacer más de lo que hace… ahora comprendo que quizás se esté apagando poco a poco, porque desde luego de él no ha salido ni una sola queja en todo el tiempo. Me preguntaba por qué razón no veía mucha gente por la casa…


Después de pensarlo un rato decidimos visitar la aldea a eso de las cuatro, con el sol ya un poco bajo. Puntuales, Gilberto y Antonio nos esperaban, siempre dando la sensación de que algo muy importante está sucediendo. Y así es, porque lo que aquí importa tiene que ver con la presencia, con el estar, aunque no se diga nada… sin saberlo, me adentraba en una de las experiencias más hermosas de mi vida.



Cada familia ocupa un cuadrante de tierra protegido con una cerca de bambú, demasiado alta para que se vea desde fuera lo que hay dentro, pero no tanto para que no se pueda reconocer de quién es cada casa. Me sorprendió la limpieza que había por todo lado. Gilberto nos guiaba tranquilo y nos iba diciendo: eso de ahí se construye para guardar las semillas de cacahuete, de maíz, la patata o las hortalizas, así en alto para que los ratones o los animales que andan por casa no puedan entrar y lo estropeen; aquello es un lugar para descansar, a la sombra, en medio del terreno, donde toda la familia se sienta y habla, y donde se recibe a los invitados; eso es la cocina; eso de más allá para las gallinas también en alto, así no van las serpientes; aquella casa pequeña es para encerrar a los cerdos; y la mayor de todas es donde dormimos. Todo está construido artesanalmente, con el trabajo cuidadoso de los detalles, sin necesidad de nada que no provenga de la misma naturaleza.



Caminamos más de media hora hasta llegar al extremo de la aldea por los pasillos que las cercas iban abriendo a nuestro paso. Sólo conseguía decir en mi interior y con los ojos abiertos de par en par por cada cosa nueva que descubría: ¡qué pasada!, esta gente no nos necesita para nada. Sentí profundamente que soy yo, somos nosotros quienes les necesitamos… Se respiraba una harmonía, un equilibrio, difícil de explicar. Gilberto y Antonio hablan bien el portugués porque estudian cerca de Pemba, aquí exceptuando alguno de los más mayores, nadie lo habla. Esta semana me propuse aprender diez palabras de makúa cada día y tuve varios días conmigo a los mejores maestros, que no hacen más que reírse de mi torpeza y se sienten muy importantes llevándome por todos los lados y diciéndome nombres para que los repita una y otra vez. Poco a poco fui acabando como ellos, sucio y pegajoso de comer mangas bajo el sol tórrido e inclemente que no parecía afectarles lo más mínimo, riéndome al descosido por las cosas más simples de una vida que merece la pena de ser vivida.



Cuando llegamos a su casa, Gilberto cogió una especie de camastro confeccionado con madera tallada y cuerdas tejidas a mano. Nos sentamos, siempre cerca de la tierra, esta madre que nunca les falla… hace días que tienen problemas de agua, pero no se les ha ido la sonrisa ni la esperanza, saben que la tierra siempre responde. Me ofrecieron un plato de cacahuetes, un regalo para la visita, agradecí, sin poder quitar los ojos a todo lo que me rodeaba, a esta cultura que se me daba en toda su pureza. Por un momento pensé que en algún lado tenía que estar esa idea de inhumanidad que yo mismo sigo creyendo ver escondida en los pliegues de estas culturas. Pero Minhuene no me mostró un solo rastro de ella. Seguimos adelante y entramos en el terreno de Silvino, el padre de Gilberto. Nos esperaban en la tienda de en medio, como si de una glorieta se tratase, un trabajo de cuidada artesanía como todo lo demás, y allí nos sentamos en los mismos catres de cuerda tejida, mientras toda la familia se acercaba, los pequeños, ahora uno, ahora otro, los hermanos… y otro plato de cacahuetes salía a recibirnos. Pocas palabras, muchas sonrisas. Estar, sólo estar, sólo vivir, mientras el sol se ponía con ese anaranjado intenso que ya anuncia las lluvias.



Minhuene se impuso en mí como el cielo estrellado de sus noches. Algo muy adentro me hizo llorar por un futuro que quizás destruya todo lo que son y tienen. Algo sagrado despertó en mí una reverencia hacia un pueblo sobre el que no tenemos ningún derecho.








Hoy, en Pemba, otra vez me daba cuenta de lo que equivocados que estamos. Recordaba las palabras tantas veces dichas por un amigo: el evangelio es verdad porque es verdad, porque es la misma vida del hombre esté donde esté y viva donde viva; la verdad no necesita que la defiendan, ella se defiende sola.




Assante Minhuene, assante Pemba, assante, por haberme dado así, desnuda y viva, la verdad que no puede morir.



Por eso te escucho, porque quien es de la verdad escucha tu voz…



10 de Diciembre de 2012, Posos de café en Pemba 14.




domingo, 30 de diciembre de 2012

Vulnerable





Vulnerable




Hace tres días que estoy en la sabana. Anoche el manto de las estrellas parecía cubrir toda la tierra, seguramente que alguna vez ya había visto tantas, pero ayer pensé que nunca lo había hecho y disfruté pensándolo. Bajo ese universo increíble supe que sólo podía rendirme, al sentirme bendecido hasta lo más profundo de mi ser. Hoy sólo quiero que vuelva la noche y adentrarme de nuevo en su espesura llena de fuegos, entre las sombras de este árbol de Navidad eterno. Si bajo sus ramas me arrebata el éxtasis de tanta belleza, ¡qué será desde fuera de ellas!



“Mira, tú no puedes contarlas, pero tu descendencia será como ellas, como tantas, infinitas… Una sola basta para que tu alma se colme de la luz, y sin embargo, todas ellas serán tuyas”. Ante un cielo así, las palabras de Dios se imponen sin esfuerzo, lo que no sería normal es sentir o vivir sin ellas. La cuestión es que soy porque no puedo “contar las estrellas”, o si llegase a contarlas, entonces es porque se me habría perdido alguna, como la mujer de las monedas o el pastor de las ovejas o el padre de los hijos... África es este sentimiento con dos caras: no puedes contarlas porque son demasiadas o se te ha perdido alguna. Mires por donde mires siempre falta algo o es demasiado, desde lo más sencillo a lo más sublime. Si lo primero te hace sentir indigente, lo segundo te sobrecoge. A mi alrededor son demasiadas las cosas que no puedo contar y demasiadas las que he perdido. Sólo la pobreza me permite vivir esto.
 




La sabana me ha dibujado estos sentimientos en el alma, como columnas de fuego que, sin embargo, guían mis pasos. Porque no hay un horizonte cuando todo es horizonte, igual que no hay alguien a quien amar cuando todo es amor. Todo se dibuja como una posibilidad infinita pero nada puede dármela. Vivir en esta especie de grieta, cubrirme del sol cuando es demasiado, protegerme del frío en las noches heladas, hay en esto una vulnerabilidad que he aprendido a ser.




Quiero dedicar estas líneas a un amigo. Hace tiempo que camina buscando sin encontrar y se pregunta si tiene sentido seguir haciéndolo. De niños creíamos que un día seríamos fuertes, yo también era un niño entonces. Casi veinte años después sigue doliendo esa herida con la que vinimos a este mundo y que, con el tiempo, quisimos vendar, cubriéndola con tantas preocupaciones para que no se hiciera sentir. Me gustaría que la sabana fuese por un tiempo su casa, que esas columnas de fuego se encendieran en su alma, como en la mía, y que pudiese descubrir la eternidad de cada instante, ya sin horizonte, ya sin amor. Ya no busca quien ha encontrado el camino de todas las búsquedas, ya no ama quien se ha hecho uno con el Amor. No puedo contar las estrellas, ni las hojas del árbol, ni las flores del campo… he perdido una moneda, me falta una oveja de las cien, un hijo se ha ido de casa. Luchas con el ángel, “los gigantes de tus sueños y los enanos de tus miedos”, y al final cojeas para siempre, vulnerable, humilde, pobre. Y te das cuenta que la gracia estaba ahí desde el principio, en aquello que has combatido y ahora abrazas con ternura.



Me sorprende que el desierto de la vida del primer mundo, de ese estilo de ser que mira principalmente hacia uno mismo, sobrecoja el alma más que la estepa africana. Pero así es, el manto que allí cubre la tierra no tiene esta imposición que aquí nos toca tan hondamente y nos sacia. Quizás porque no hay más: tú y el manto estrellado, lo demás es poco, lo demás falta. Allá, entre tú y el manto estrellado hay muchas capas, y lo demás es mucho, lo demás sobra. Pero solo una estrella basta para encender de luz toda tu vida, sólo una moneda o una oveja o un hijo perdidos, lo es todo, pero es que además todas ellas te pertenecen. Cuando paseo de noche bajo su hechizo siento que nadie podrá ser jamás tan rico, inmerecidamente rico, porque mío es incluso lo que he perdido, hasta el infinito. Cuando has decidido abandonar todas las capas, cueste lo que cueste, unirte a lo esencial, aceptando las sombras, entre fuegos que guían tus pasos, cuando ya no hay nada que esconder, nada que decir, nada que demostrar, cuando sólo queda estar así desposeído de todo, entonces sucede: eres bendecido, y todo a lo que has renunciado al hacerte amor te es entregado, cuando tú ya nada deseas, porque ya eres parte de la fuente.






Pienso en todo esto como en una casa vulnerable… donde solo es posible crear algo, cuando hay vacio o demasía, y las palabras se imponen sin esfuerzo…




Aquí, en Meza, donde me encuentro estos días, en el corazón de la sabana, todo es silencio. Lo más que el sonido se alza es ese anaranjado pálido de las fogatas al pié de las cabañas, mientras con un ritmo estudiado, con la pausa de quien hace una obra de arte, las mujeres cocinan la sencilla comida del día. Y los hombres y los niños esperan… Oigo música, una de esas piezas que brotan del mucho silencio. Durante el día algunos acordes aquí y allá, de los niños que se acercan, divertidos, para rescatar el tesoro de alguna fruta... Una música dulce, y silencio. La sabana se extiende a lo lejos, pequeñas montañas asoman, se dibuja algún valle… Alrededor de la iglesia, en sus días esplendida, varios edificios sin tejado, apenas dos sirven para tres misioneros. No muy lejos, como a cien metros, las casas de barro y caña se levantan. Si no te fijas en ellas podrían muy bien ser parte del paisaje. Este pueblo es muy silencioso. De vez en cuando alguien pasa escuchando la radio con el teléfono móvil, para eso sirve, y es lo único que te recuerda el mundo al que perteneces. En Minheuene, a eso de cinco kilómetros, cargan los móviles, también aquí las hermanas, pues aunque les han robado los paneles solares les dejaron uno. Algo de luz al anochecer y poco más.


En la misión la dejadez es impresionante. Residuos de historia sin sentido, como si algo se resistiese a renacer a pesar de la llamada. “La ciudad inaccesible se desmoronará al paso de los pobres”, dice Isaías, no se me escapa esta promesa, ellos ya han empezado su camino, una y otra vez nuestras fortalezas se caerán como se cae la casa construida sobre arena.



 


De nuevo me ha sido fácil percibir esa problemática tan arraigada en el corazón de África, las divisiones y odios solapados entre etnias, hasta en la misma vida religiosa. Una liberación que no ha llegado a lo más profundo de estos corazones y de estas vidas. No se dice nada, pero se respira la tensión y el resentimiento, como una yesca que necesita muy poco para encenderse. Aquí he empezado el desafío de San Ignacio con uno del norte y una del sur. Hablamos de lo importante que es sentirse África, ramas de un único e inmenso árbol, porque las identidades locales nos enfrentan y destruyen, mientras otros se reparten la tierra. Pero en este misterio del camino llegamos a reconocernos, a mirarnos, a ser. Y esto tiene ese aire del milagro. Todo es muy sencillo, todo lo que hemos complicado tanto, sencillo como hacer la comida, dar de comer a las gallinas, trabajar la tierra, esperar la lluvia, dejarse llevar por el día que poco a poco envejece para nacer de nuevo mañana.



 



Es el ritmo de batuques que golpea la tierra y se extiende, como las hormigas, invadiendo todo, destruyendo a su paso todas las fortalezas, allanando los caminos, abriendo valles entre las montañas… porque es el paso de los pobres. Y el Reino de Dios es suyo.


Me llena de gozo este adviento en la sabana, me sumerge en el ritmo de los pies descalzos que avanzan imparables… se desmoronan mis fortalezas pero, lo digo de verdad, jamás me había sentido tan libre.




7 de diciembre de 2012, Posos de café en Pemba 13.


jueves, 27 de diciembre de 2012

Yuma



Yuma


Cuando ya me decía a mi mismo lo mucho que echo de menos la Navidad de mi tierra, el frío y el calor familiar, el ritmo tan especial que nos hace caminar entre celebraciones, intensas y profundas, alrededor de un portal de Belén más imaginario que real, pero aún así lleno de ese espíritu mágico que tanto me gusta, aparece Yuma.



 En una tierra de musulmanes y en el trópico, desde luego no viene mucho al caso un portal de Belén nevado. No sé si Yuma es musulmán, pero seguro que a él eso no le importa mucho. A mí siempre me gustó "ver la Navidad", no tanto por los artificios a los que estamos acostumbrados en estas fechas, sino sobre todo por esa cadencia del tiempo que prepara a vivir algo maravilloso y lleno de esperanza en la noche santa.
Hoy, Yuma traía la Navidad y si no hago el esfuerzo de acercarme a él, hubiera pasado de largo.


 



Yuma es un disminuido que vende postales artesanales que él no puede hacer (aunque una y otra vez me repetía que sí al principio), sus manos y su cuerpo se balancean constantemente, su hablar no es demasiado claro, pero tiene la mayor sonrisa que he visto por aquí hasta el día de hoy. Me ha dicho luego que es su hermano el que hace esas filigranas de postales, mientras él callejea para venderlas, pues de eso viven. Con mi ridícula imagen europea le he dicho que las tiene que poner en una bolsa de plástico para que no se ensucien tanto y así vender más. Pero se me ha echado a reír, con una risa limpia. Como si fuese eso lo que a él le preocupa, vender más. A veces me caigo del guindo yo solito.




Es muy raro ver disminuidos en África, son algo así como una maldición familiar. Por eso Yuma es el mejor regalo de Navidad que podían hacerme, sobre todo porque para que un disminuido como él se sitúe de ese modo, desprendiendo felicidad por todos lados, en medio de esta realidad, es necesario que tras él haya mucho amor. En mi corazón he dado gracias a quienes lo habrán arropado, abrazado, cuidado y amado así como él es… ¡cuánto me gustaría conocer a ese hermano suyo! De camino a la Escuela me ha venido siguiendo y dándome la mano, con ese gesto puro del amor, que es y basta, me ha preguntado que dónde trabajo, que mañana me encuentra de nuevo, que le va a decir a su hermano que haga postales para que las vea con él… Gracia tras gracia… y me ha dejado de un lleno, como si el mismo Dios me hubiese estado dando la mano y riéndose todo el rato, o mejor, porque el mismo Dios me estaba dando la mano y se reía todo el rato.





Todo esto venía al caso por la Navidad, por ese deseo de verla y sentirla, así por fuera, si esto se entiende. Yuma la llevaba en una postal, un nacimiento, tres estrellas en lo alto, una palmera, uno ve a la sagrada familia en camino, por el desierto, pues hasta eso es posible reconocer en ese trabajo confeccionado con trocitos de hojas secas. Seguro que él no entendía mucho lo que llevaba encima, como cuando Dios hace de las suyas con nosotros… a él todas las postales le parecían bonitas. Y si todo es bonito, ¿por qué empeñarnos en ver lo que no lo es?

Una postal un poco sucia, en manos de un disminuido callejeando sin que nada ni nadie se fije en él, menos aún en el misterio que lleva estampado en el bolsillo de la camisa sucia y harapienta. Por un momento he vuelto a ver más allá de todo, ¿dónde sino iba a hacerse Navidad? ¿bajo esas luces que llenan nuestras calles o esos árboles que brillan tanto? Por un momento he visto brillar a Yuma, y todas las calles que estos días lucen de colores y todos los árboles de Navidad no le hacían ninguna competencia, su sonrisa iluminaba como la estrella de aquella noche, o como todas las estrellas, y su cercanía, sin ninguna barrera, me ha dicho: no hay otro misterio de comunión entre Dios y la tierra que éste que ahora estás viendo.






Dios, no sé si estaré alguna vez a la altura de todo esto que me concedes ver…



Me he traído la postal de Yuma. He visto que la Navidad sigue su paso, humildemente, aunque no la reconozca. Sé que la verdadera Navidad sigue creciendo, fue sembrada un día y su fecundidad inagotable es infinita, pero siempre por debajo, por donde no nos gusta ir, por donde nos sentimos demasiado vulnerables. También en mi hay miedos de estos, aunque hoy haya menos…

Ha empezado el adviento. He intentado despacharme con este Jesús que no amenaza: levantaos, alzad la cabeza, la libertad está cerca… De pié y al pié de la Vida, aunque esta esté de camino por el desierto, aunque crea morir, aunque esté crucificada. Vivir de pié, como las que esperan al pié de la cruz, porque saben que la liberación está cerca. Incluso si la oscuridad o las tormentas nos hacen perder de vista la luz, la libertad, el reino. Vivir sacando fuerzas de flaqueza, levantándonos cuando todos caen, dando esperanza en la desesperación de tantos, encendiendo la llama que muchos han apagado.




La promesa de Jesús es para la libertad y no para la muerte, aunque se nos escapen esas palabras, no nos creáis. El Evangelio está preñado de esperanza, no hay nada en él que juzgue, nada que encierre, nada que condene a la muerte.

Yuma lo sabe. Pero ya no le importa. Está más allá de lo que quizás estaré yo algún día. El es uno de esos anawim de los que habla la Biblia, un escogido. Sueño en vivir una día su vida, vender postales hechas por mi hermano, para comer y nada más, y aunque estén sucias. Y que la Navidad se haga sin darme cuenta, porque así es como se hace, cuando se vive sólo por vivir, cuando se ama sólo por amar, con la sonrisa permanente, el cuerpo danzando continuamente, haciendo de cada encuentro una comunión donde Dios sea Dios y la persona ella misma.






Creo que Yuma ya no necesita estar de pié sino saltando de alegría, por un campo lleno de flores… ¿sería así San Francisco?



Lo que me ha quedado claro es que él será mi tercer icono, seguro, lo llamaré “el pobre de Pemba, el loco de Dios”.



1 de Diciembre de 2012 , Posos de café en Pemba 12



miércoles, 26 de diciembre de 2012

De amor...




De amor...






Dice Bobin, en un librito precioso que estoy acabando de leer, que amar es como nevar, un acto puro. Quien nieva es la nieve, quien ama es el amor. Aquí hay muchas cosas que se parecen a eso: el viento, las olas del mar, el sol... de esas cosas que son y basta, así puramente. Y, diréis: eso también lo tenemos aquí. Es cierto, en todas partes sopla el viento, llueve o nieva y sale el sol. La diferencia está en que no lo vivimos de la misma manera. Vivir aquí es, como dice Bobin, un acto puro. Levantarse, respirar, agradecer por un día más (y esto es algo que todos los que voy conociendo comparten), aprender, rezar, visitar a los vecinos o a los amigos, barrer o fregar los platos, ir a buscar agua... todo tiene el sentido de lo presente, del inmediato presente al que hay que sacarle todo su jugo, sin pensar en el mañana demasiado, como si no hubiese otra finalidad en la vida que la de vivir sin más.


 





La vida en África es tan real que no hay tiempo para perderse en ilusiones, de esas que en el fondo no son más que espejos que brillan mucho. Quienes conocemos los dos lados sabemos que los espejos se rompen muy fácilmente, pero la vida, cuando es vivida tan desde su realidad, es fuerte, muy fuerte, y es difícil que se rompa y puede soportar muchas, a veces demasiadas heridas. Y sin embargo, también es verdad que tanta "fidelidad a la tierra" a menudo ata los ideales con ese nudo del fatalismo. Pero no es posible sobrevivir sin algo que nos quede más allá, necesitamos creer y seguir esperando, en este adviento continuo que es la vida.





Hoy quería escribir sobre el amor, que es el que ama sin buscar ya nada, sino solo amar. Cuando me pregunto qué significa esta palabra en este contexto en que ahora vivo no consigo encontrar terreno seguro. Es una de esas palabras que has llenado de un contenido muy cultural, y cuando te acercas a lo diferente se resiente y te exige que la definas de nuevo. Me he dado cuenta que comprender esta palabra es comprender también a Dios y comprenderse a sí mismo y con uno mismo comprender todo lo humano. Es una comprensión que sostiene la identidad de un pueblo con su cultura. Creo que por eso es casi intocable, su negación es la negación de sí mismo, de lo humano y la negación de Dios.


Citando a santa Teresa, dice Bobin, “el tiempo ya no está para juegos de niños… resistíos en eso de si soy amado o no lo soy”... que amar es algo puro, que “aquello en nosotros que anhela ser colmado, en el fondo quiere ser obedecido”... palabras que resuenan en mi interior y confirman en mí la virginidad del amor. No se trata de que yo lo sea, se trata de que Él lo es. Se parece mucho a este vivir de aquí que nada más busca que solo vivir. Quizás el agradecimiento sea lo más parecido al verdadero amor.



 

Si las relaciones entre las personas y los pueblos son difíciles a lo mejor es porque amamos diferente. De aquello que es un acto puro hemos hecho nuestro propio teatro, lo hemos disfrazado de culturas y en muchas de estas no es posible reconocerse como persona. Lo que sé, y lo tengo comprobado, es que el amor reconoce al otro, sencillamente, puramente, sin más. Cuando el Amor ama, lo más genuino de cada uno nace, brota, crece… Puede ser que muy profundamente, bajo capas y capas de sedimentos acumulados mientras se ha ido dibujando la vida en la historia de cada uno y de cada pueblo. Pero poco a poco lo notas, cada persona se despierta cuando es reconocida, afirmada, y puede entonces creer en sí mismo y más allá de sí mismo.


Si quiero comprender a estas personas, al Dios a quien se dirigen, tengo que preguntarme cómo aman, qué es el amor para ellos… no pienso cambiar nada, no lo pretendo, se me va la vida en reconocer a cada uno, en despertar, y así puedo estar ante cualquier persona. Y, luego, retirarme poco a poco, hacerme atrás cuando me doy cuenta que asisto al nacer de alguien que ya no morirá. Porque solo morimos cuando todo lo que somos no es más que el ropaje con el que nos han vestido. Alguien lo dijo: la piel es lo más profundo de nosotros.

 


Es curioso, Bobin dice que santa Teresa es una libélula… me gusta. En mi hora de las libélulas ahora veo más si cabe.




Esta semana han empezado los finales… se acerca aquí el verano, lluvioso y caluroso, más todavía. Este Adviento del trópico no trae frío. Mis iconos casi están terminados. Cristina sigue postrada en la estera de un cobertizo, porque tampoco hay lugar para ella en la posada de este mundo. Algunos han sido escogidos para estar fuera del mundo y hablar al mundo del más allá. Hace días que no veo a Leandro, habrá encontrado algún atajo para su hambre y su sed. Yo sigo en este lado del icono, con los que miran, espero poder entrar algún día al otro lado, cada vez tengo menos miedo, cada vez me importa menos el precio que me cueste… Pero en este camino, al final, nada es por casualidad, sino por confianza y abandono. Mis alumnos me han dado una lección estupenda: ¿qué es eso del tiempo?, si sólo es algo que hablamos para entendernos, entonces es nada; no, no existe eso del tiempo, sólo existe la vida.



Posos de Café en Pemba 11, 29 de Noviembre de 2012.