lunes, 24 de diciembre de 2012

Fronteras...



Fronteras…



Mis clases ya se han vuelto familiares. Aquella formalidad de los primeros días se ha ido. Pero estamos mejor así, no cabe duda. Resulta que las cosas más esenciales son las más provocadoras: que si somos libres, que si hay destino, que si la muerte, que si somos negros, que si la vida… Hay muchos “que si” de estos que nos hacen hablar, romper esquemas, intentar creer en todo eso que la realidad parece negar constantemente. Me dicen que las clases se prolongan, cuando me he ido… con tantos “que si”. Lo del destino les trae de cabeza. ¿Cómo es posible que desde que vinieron los portugueses nunca nadie nos haya hablado de estas cosas?, ha dicho uno. Mis alumnos son, en su mitad más o menos, adultos y con familia a su cargo. No se me puede olvidar que esta zona conoció la fe allá por los años veinte del siglo pasado. Y no hacía tanto que habían llegado aquí los portugueses. 

 





Demasiadas cosas, demasiado nuevas. Su cultura, como todas estas de por aquí, tiene fijadas muchas supersticiones, y cuando intentamos pensar se tambalean cimientos milenarios… Los más, se les nota, deciden permanecer en lo de siempre, y no complicarse demasiado la vida. Otros, un buen grupo, están decididos a encontrar razones para mucho de lo que viven cada día y han recibido de sus mayores. Estos suelen caer en el peligro de creer que pueden justificar ciertas cosas injustificables. Algunos, sin embargo, es como si se atreviesen a lanzarse desde lo más alto del trampolín sin miedo a lo que puedan encontrar y confiando que todas estas cosas tan nuevas les darán quizás un sentido diferente. Porque no es fácil, son cimientos milenarios, y de los del espíritu, una argamasa poderosa.

Ayer, domingo, pasamos la tarde viendo una película: “Disparando a perros”. Sólo cuando llevas un tiempo aquí puedes entender algo lo que no es posible entender de ninguna manera. Es de esas películas en las que te quedas poco a poco en silencio, porque la tragedia que contiene, la posibilidad de muerte que va apareciendo se agranda en cada plano. Como cuando visitas los barracones de Auzstwitz, un silencio responsable se apodera de ti y te hace meditar largamente en esta posibilidad de muerte que hay en cada una de nosotros. Uno se pregunta cómo es posible. Entre nosotros hay una hermana que escapó de Rwanda, escapó de aquello...



Lo cierto es que todavía estamos viviendo aquí, en Pemba, un acontecimiento que tendría que dispararnos las alarmas. Hasta los periódicos se han hecho eco de ello y sin rodeos: el pastor de la Iglesia de Pemba renuncia a su cargo, por divergencias tribales con el clero. Un hombre del sur, en el norte. Cada vez siento más tristeza cuando en cualquier ámbito de nuestra vida ponemos fronteras. No sé si hay algo tan injusto como las fronteras, pero qué lejos parece el corazón humano de ese reconocimiento en el que no se necesitan fronteras. Cuando las fronteras se confunden con la identidad todo es posible: Auztwitz, Rwanda…


Uno ve claramente cómo la ideología y ese sustrato cultural, tan falto de reconocimiento personal, que acompaña a estos pueblos, han hecho una mezcla que arde con la más pequeña chispa y que después es muy difícil apagar. Entonces es sólo el mal el que acaba apagándose a sí mismo, destruyéndose cuando ya ha acabado con todo.



En mis clases me detengo en esa pregunta decisiva del quién soy. Intento que la identidad que cada uno necesita se busque en esa pregunta y nunca fuera de ella: y no me resulta fácil decirlo porque sé muy bien cual mi misión, pero me da pánico pensar en lo que se encuentra cuando se busca esa identidad fuera de esa pregunta. Si lo que me hace ser quien soy está fuera de mí, eso será lo único que cuente y por esa bandera destruiré y negaré todo lo que sea diferente. Se tarda más o menos tiempo pero la violencia llega. No entiendo porqué habiendo descubierto que el auténtico camino para una humanidad nueva consiste en tirar muros, en deshacer fronteras, seguimos empeñados en volver a levantarlos. Si miro a Dios, si me acerco a todos los que, en todas las tradiciones, más se han acercado a Él, sólo veo corazones abiertos, sin barreras… me imagino que así debe de ser el autentico amor.


Bien es cierto que los africanos no tienen la culpa de verse obligados a convivir con otras etnias, fueron los europeos quienes se repartieron el continente y no miraron a los que dejaban dentro, sino sólo lo que dejaban dentro para su propio beneficio. Esa mirada no ha cambiado y es nuestra mayor responsabilidad hacia África. Pero siempre que enseño lo que me parece que Dios ha querido con nosotros, además de muchas otras cosas que no vienen al caso, me gusta repetir ese decir de los comienzos, cuando todas las cosas fueron hechas, una palabra que hizo todas las cosas buenas y las hizo diferentes. Me gusta contemplar a Dios que sigue creando y separa, distingue, y nos hace únicos y buenos a cada uno, y nos llama por un nombre, ese que responde a la pregunta en la que siempre me detengo en mis clases.

 


Quizás sea tarde para intentar reivindicar viejas identidades, conciencias de clan o purezas de raza. Al menos hoy me lo parece. Pero no es tarde para que continuemos tirando muros, para que hagamos juntos el esfuerzo de convivir, reconociéndonos unos a otros diferentes. Cuando estás tan lejos, cuando tu gente y tu cultura con las que te has identificado ya no te acompañan tan de cerca tienes que hacer el esfuerzo de crear una identidad nueva, apoyándote en aquello que te ofrece la vida y las gentes que te rodean. Uno acaba por volverse un poco ciudadano del mundo, haciéndose capaz de ser y vivir con cualquier persona, en cualquier lugar.











Pero ya lo dije, creo, en alguno de estos posos, nuestro lugar no nos viene dado, es aquel que hemos elegido. Y yo creo que todos los lugares del mundo pueden ser, al menos una vez, nuestra elección.



Posos de café en Pemba 10, 25 de Noviembre 2012.



viernes, 21 de diciembre de 2012

Ingonáni !





Ingonáni !


Para quienes no estéis habituados a los iconos, estas líneas os resultarán difíciles de entender. Pero los posos de mis cafés son todos ellos como los iconos rusos, una especie de ventanas que te introducen en aquello que representan. Por lo menos así lo hacen conmigo. Casi siempre llevo alguno, para no olvidarme que siempre puedo mirar con otros ojos.



Estoy haciendo mi altar, y he decidido empezar a pintar mis iconos. Mi capilla se llama ingonáni!, que quiere decir: ¡mira!, ¡contempla! Siempre me han apasionado los iconos, todo en ellos habla de transcendencia. Sus ocres y dorados, su santidad, me han acompañado siempre. Sus encarnados me han ayudado siempre a mirar a los lados, a descubrir en cada persona el rostro de mi prójimo. Sus azules, blancos y grises me hacen entrar fácilmente en ese misterio de Dios que llevo pegado a mi vida. Va a ser la primera vez que me pinto los iconos. Y lo haré con los colores que todo esto que ahora vivo me está regalando.
 

El primero de todos se llama Leandro. Necesito una tabla curtida por el sol, pero tiene que ser de un árbol joven, no más de 7 años. Curtida, porque Leandro ha envejecido antes de tiempo.
 Su pequeño rostro parece el de un adulto que ya sabe demasiado, a mi me recuerda esas imágenes de Jesús como si fuese un adulto en un cuerpo de niño.  

 
Leandro es un icono de la intercesión, lo conocí porque andaba pidiendo comida a todos los que veía, y claro, también me vio a mí. El se acerca con desfachatez, un poco lejos tiene a dos inseparables amigos, los tres tienen la misma sed. Quizás como los tres que Abraham acogió en su tienda, caminantes misteriosos por el desierto. Los tres le pidieron comida, alojamiento, un lugar donde refrescarse y vivir. Los tres intercedieron, suplicaron, y Abraham les abrió su puerta. A los otros dos les he conocido un poco más hoy, pero permanecen algo mas huraños. En mi icono voy a pintar a Leandro. Quizás más adelante pueda hacer uno más grande y pintar a los tres.


No le falta el dorado ni el ocre, lo veo todo rodeado de la luz de más allá. La madera curtida respeta su cuerpo de niño pero le llena de un conocimiento que quizás no debería tener. Pienso que no es un icono inocente. Debe ser la dureza, el rigor, un abuelo que lo manda a ganarse la vida, haciendo lo que sea para ello, porque ya no tiene padres. Por eso voy a vestirlo de rojo, y oscureceré los pliegues de sus harapos, para recordarme que hay vidas que solo la misericordia puede salvar.    Me gustaría pintar un río, y ponerle los pies en él, para que la inocencia siga tocando su pequeño cuerpo toda la vida y que el polvo que lleva pegado, incrustado de tanto tiempo andando en el desierto, se vaya despegando de su alma. También le voy a pintar unos ojos grandes y negros, llenos, y una sonrisa, ésta desde luego, porque a él no le faltan, aunque sean para intentar salirse siempre con la suya.


 Habrá mucha luz, y un árbol verde, o una rama de uno, que le cubra y proteja; quizás, sí, una higuera.





También voy a pintar a Cristina. Ella me ha dado el nombre de ingonáni. Callada y gimiendo, postrada en su enfermedad y embarazada de tres meses, solo decía eso: contempla. Necesito una tabla de árbol joven, fuerte y robusta, pero lisa, que sea de madera blanca y porosa, humilde. Bastante ancha, he descubierto que tengo que pintar a otro junto a Cristina.


Ha sido la primera vez que he entrado en el barrio de pescadores, así se llama, Ingonani, como si ese nombre intentase despertar a todos los que atraviesan esas calles que lo circundan y que son como una verdadera frontera. Abene, su marido y un musulmán devoto, me ha llevado a verla. Me enseñaba su barrio como quien te enseña un tesoro: la escuela, sobre todo la escuela, donde él creció. Voy a pintar un amarillo dorado rodeándolo todo, del color de las cañas que sostienen el sencillo tejado de la casa en la que viven. En el suelo, sobre la estera, un paño y sobre este, Cristina, una hija del Profeta, una hija de Dios encinta. He podido acercarme a bendecirla en silencio. Me recordaba la estampa de tantos nacimientos, ahora que se acerca Navidad. Por eso, aunque la conocí de día, voy a pintar la noche, con las estrellas, y una con más brillo que las otras. Hecha un ovillo, respirando profusamente, temblándole los labios y la mirada humedecida, con esa pregunta tan frecuente aquí entre nosotros: ¿porqué tanto dolor?, ¿porqué tanto tiempo?...





Cristina vestía muchos colores, como negándose a reconocer que pueda vencer lo que está sucediendo. Yo también voy a pintar colores vivos por todo el suelo de su icono, dentro de esa cabaña de Belén, donde una hija de Alá, espera dar a luz a la esperanza. Voy a pintar sus tres meses de embarazo, un cuerpo menudo pero una gran esperanza en su interior, porque me resisto a creer que este dolor tenga la última palabra. Voy a rodear de luz su regazo de tres meses, como si fuese un sol el que va a nacer. Y también pintaré a Abene, como a un José que contempla afligido pero esperanzado. Y lo pintaré sonriendo, porque tampoco le faltan sonrisas. Los vestiré de rojo, de vida, pero sin pliegues oscuros, porque no hay sombras en ellos.









Ya casi los tengo. Mis dos primeros iconos. Pasaré la Navidad, contemplándolos, diciéndome a mí mismo: ingonáni! Rezaré ante ellos, intentaré sentir cómo rezan ellos y me piden que entre en su misterio, como hacen siempre los iconos.



Posos de café en Pemba 9, 22 de Noviembre de 2012.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Instantes...


Instantes


Ayer hizo un mes que llegué a Pemba. Lo digo en serio, porque estoy tan sorprendido como todos los que estaréis leyendo estas líneas. Un mes es muy poco. ¿Por qué siento que el abrazo del mar que me rodea es tan familiar a mi vida? Y el viento ¿Por qué su caricia se ha vuelto mi lugar en tan poco tiempo? Y la tierra, el calor y los rostros, la danza y el ritmo, el silencio y la llamada a la oración desde los minaretes… la eucaristía y los montones de niños de esta mañana, los arrugados rostros ancianos, los jóvenes y su alegría…. ¿Por qué me parece que todo esto forma parte de mi vida como si así hubiese sido desde siempre? No sé si es correr demasiado, una serenidad interior se me ha apoderado y no deja que nada me revuelva. No, creo que no es correr demasiado. Debe ser el saber que estás en tu sitio, y vivirlo. Haber abierto el espíritu y haber dejado que todo, poco a poco, me confirme. Quizás también algo que me cuesta decir, algo que se me escapa, que no puedo evitar, el mirarlo todo y amarlo mientras miro…




En el instante se juega la eternidad… ¡Cómo es cierto! Joseilda, una misionera, lo decía el otro día: hay quien llega a cien años pero sólo ha vivido un día. Hay quien en poco tiempo sabe que lo ha vivido todo, y que lo que pueda vivir en adelante es sólo regalo, puro regalo. No es nada el tiempo, somos nosotros los que hacemos el tiempo, nosotros lo llenamos, de muerte o vida. Quiero seguir viviendo los instantes, ellos son eternos, aunque mis sombras a veces se revuelvan y me digan que todo pasa. No, yo sé que nada pasa, que cada instante, amado, mirado y sentido con amor, nos ata eternamente. No quiero contar el tiempo y abandonarme al sueño…
Hoy he descubierto que somos la higuera que florece, caminantes que se levantan del polvo, estrellas que brillan eternamente. La Iglesia estaba llena de brotes nuevos, los más próximos a mí, y eran incontables, más atrás hojas, unas enormes, otras pequeñas, pero muchas… me he preguntado cuántos frutos habrá. Pero esos sólo son del Señor de los Campos. Sí, como una grandiosa higuera. ¡Mirad! ¡Mirad la higuera! ¿O es que no tenéis ojos para ver? Me siguen resonando estas palabras del Evangelio. ¿Serán los ojos que miran y aman? Yo no conseguía ver otra cosa que esperanza en las palabras de Jesús, ¿cómo es posible que algunos vean sólo amenazas? Les he dicho que nuestro destino es volar, muy alto, que podemos desafiar todas las fronteras, pero hemos de levantarnos del polvo… cientos de ojos escuchando… y que al volar muy alto entonces brillamos, que nuestra luz se va haciendo más y más intensa hasta que un día, en paz, poblaremos juntos el firmamento y acabarán todas las noches… Y ellos han respondido, han cantado y danzado, vaya si lo han hecho, como deben hacer las estrellas allá en lo alto.
Por un momento, me ha parecido que todo el universo estaba ahí, entre esas viejas paredes de la Iglesia, conteniendo infinitas estrellas…


El dolor y la muerte, no son más que niebla. Se nos ha dado la esperanza, una palabra que guía nuestros pasos, una promesa en el pan compartido, y todo apunta a él, al que se mueve entre nosotros en la niebla y por eso tantas veces no acertamos. Se puede vivir de muchas maneras, hay muchas más razones aquí para entregarse al vacío y a la desesperación. Pero ellos no lo hacen, confían, conocen el otro camino y sin embargo siguen levantándose y brillando… a pesar de la niebla, una bonita palabra para decir fe. Se disipará, es lo que Jesús dice, se levantará la niebla y entonces veremos, volaremos y brillaremos. Las tres cosas, ¡cómo me gustan!
Cuando pienso en esto no puedo evitar sentirme abrumado por lo engreídos que somos. Recuerdo tantas conversaciones haciéndome sentir algo así como el derecho a estar deprimido… sin darnos cuenta de la inmensa gracia que es todo…

 Perdónanos, Padre de todas las vidas: por no saber encontrarte en lo más pequeño, Tú vibras en cada uno de los detalles y los colores de la vida; por no aprovechar la intensidad de los instantes y dejar que lo eterno se nos pierda en el camino; por el amor que no mira en nuestros ojos ni siente en nuestro corazón cuando nos das la vida para ello; por ahogarnos en un mundo sin alma, por seguir esperando sin querer dejarlo todo, sin pobreza; Tú que todo lo llenas, los ojos que escuchan, las olas del mar y el susurro del viento, Tú que todo lo amas, vacía nuestras vidas, haznos pobres, para levantarnos del polvo y brillar como las estrellas, para ser como la higuera que anuncia el verano, siempre brotando.


Después de todo, siempre estás esperando debajo de la higuera… no dejes que me suba a ella. Aquí abajo la vida es más que maravillosa. A pesar de la niebla.
Posos de café en Pemba 8, 18 de Noviembre de 2012.

Posos...y Café



Posos… y Café


Algunos se preguntan por qué estas líneas que escribo se llaman posos de café. Como el siete es un número de esos bíblicos se me ha ocurrido contar esta historia. 



En línea recta, hacia el oeste, donde el gran océano frío baña las costas… debajo de una Mulemba, un árbol sagrado para los lugareños, haciendo café sin moler en una lata. Hace ya unos años, más de diez. Sin este calor pero con la vida pendiente de un hilo, en medio de una guerra que siempre dejaba desazón en la taza. Así empecé a leer posos de café, como los adivinos. No es que hubiese, sólo hervíamos los granos del café, así nos servía para varias veces. Pero se confundían con otros posos, los de la vida, los que conversábamos y los que no, aquellos que no tenías más remedio que tragar y digerir, para que no se te tragasen ellos, aquellos otros que sólo Dios sabe cómo pasaban de largo sin herir más de lo suficiente, pero también los que, en un momento, nos hacían partir de risa, disfrutar de todo, olvidando esa soledad y esa amenaza siempre presente de la muerte.

Si no habéis probado nunca el café sin moler hervido en una lata, no sabéis lo que es bueno. 



Yo había traído conmigo mi café molido, de importación. Mis ideas bien construidas de lo que debe ser una persona, de Dios y la vida. Y por supuesto, mi café era el mejor de todos. Pero poco a poco dejó de funcionar mi cafetera, esperaba dar todo lo que había en mi maleta, pero me reservaba eso más mío, precisamente lo que esperaban que diese. Un día, en la maleta no quedaba nada, y ya no tenía café. En esos momentos te lo juegas todo. Había un cafetal extenso en mi casa, un café que no quería probar. Porque había que beberlo en una lata. Esa lata maltrecha de mi humanidad que no estaba dispuesto a tomar en mis manos. Pero, como siempre, Dios había puesto maestros en mi camino, los mejores. Había dos ingredientes básicos: una especie de “no tengas miedo” y otra de “es así como te amamos”. Hasta que no probé ese café no conocí de verdad el sabor de la vida. 




Hoy me pregunto por qué pasé tanto miedo. Tuve que buscar de nuevo el espacio y el tiempo en el que vivir, y no fue fácil. Con una lata maltrecha pero amada tuve que empezar a crear a mi alrededor nuevos encuentros. Mientras me decía a mi mismo me acostumbré al café de la lata y a sus posos, y me perdí muchas veces mirándolos. Aquello tuvo algo de cruz, o quizás mucho, pero también de vida nueva. El olor intenso del cafetal era un reflejo de la intensidad de mi vida, poblada cada vez más de tantos lazos, así sencillamente humanos, puros en su humanidad. Heridas y fracasos, pequeños triunfos y metas alcanzadas, caminos recorridos, con unos por el barro, empujando, con otros corriendo. A unos dejando, seguro de la firmeza de sus pasos, a otros levantando… posos, unos y otros, que permanecen en la hondura de mi ser y que han hecho que sea la persona que soy. 




Seguro que si intento explicar mejor porqué se llaman posos de café estos escritos os quedáis igual que al principio. Pemba tiene café, pero aunque no hubiera yo ya no llevaba conmigo. En la maleta puse tantos nombres como pude, de los que han seguido haciéndome este que soy. Pero ya no traje nada. Quizás por eso mis ojos se han abierto tanto y ven luz por todo lado, y la distinguen cuando es más intensa, y mis oídos oyen sonidos que casi nadie percibe, en el corazón de las personas, y en el tacto hay a veces una suavidad inexplicable… Quizás por eso todo me sabe bueno, y sobre todo si es poco. Debe ser el mar que deja un ligero sabor a sal en todas las cosas. Algo de sagrado tiene la sal cuando está en las lágrimas y en el mar, dijo un poeta. No es mal recuerdo de sus palabras: vosotros sois… la sal de la tierra. Y cuando camino a la Escuela el aroma de las flores, de la tierra o hasta de los árboles que se mecen me acompaña. Y siento que sólo puedo estar agradecido. Agradecido, el sexto sentido del corazón, por vosotros y por todos. Lo que hace que pueda celebrar la eucaristía y algo siempre se transforme, en mí y en aquellos que me rodean y he escogido, vosotros y todos.   




Pero hoy es el siete. Al seis le falta uno. También en esta historia. El siete es el sentido de Dios, el que un día estoy seguro, todos experimentaremos. Y será porque incluye los otros seis, y esos por lo menos ya los tenemos. Me da que tiene que ver con la compasión… es tan de Dios. Cómo me impresionan aquellas palabras de uno de los Padres de Oriente: “… y el que es de Dios intercede y suplica hasta por las serpientes”. No sé si habrá otro camino en la vida que todos podamos andar pero este es seguro.

No sé si con estas explicaciones he sabido dar razón de los posos del café. Lo que sé es que ya no sé vivir sin leerlos, hay tantos que a veces creo que no voy a dar abasto. Al final esto tan sencillo y pequeño debe ser infinito, como la vida, y si no es así el mismo Dios, a mí me gusta que lo sea.

Mi poesía se ha vuelto en estas líneas que siguen un poco atrevida, no es mía, es de Anne Marie Schimmel, y después de leerla sólo he podido guardar silencio. Digo lo de atrevida porque pensando en esto del sentido de Dios, me imaginaba que Él la recitaba para mí y para cada uno de vosotros:

Ya ves, lo intenté todo,

anduve todos los caminos

pero nunca pude encontrar a un amigo a quien pudiese amar más;

bebí en todas las fuentes, saboreé todas las uvas,

pero nunca probé un vino más dulce que tu.

Lei cientos de códices eruditos,

en cada letra sólo te veía a ti.

Borré la caligrafía con mis lágrimas

y la página resplandeciente se convirtió en tu espejo.

Escuché tu voz en cada soplo de brisa rumorosa.

La nieve, la hierba, sólo eran hermosísimos velos que cubrían tu rostro.

Me sumergí en un océano sin orilla,

las perlas luminosas sólo a ti te reflejaban.

Luego vino la tempestad.

El jardín de mi corazón tiritaba helado,

derramadas sus hojas.

Se hizo desierto                 

y nube yerma,

y silencio.

Y de repente, el Sol a Medianoche: Tu. 




Que toda tu desazón, Dios, no haya sido más que esta: encontrarme. Pero que haya sido precisamente esta… nada más, para estarte eternamente agradecido.

Posos de Café en Pemba 7, 13 de Noviembre de 2012

martes, 11 de diciembre de 2012

Insaciable...

Insaciable
A veces sientes un poder inmenso, apabullante. Sucede cuando ante ti se presenta alguien, esa persona que se ha hecho una con su búsqueda, con sus preguntas, porque sin querer y sin saber cómo, ha roto el dique que las contenía. Si no tienes cuidado toda esa agua se te lleva por delante. Tienes ante ti a alguien devorado por sus preguntas, insaciable, pero lo más increíble sucede cuando te das cuenta que no hay en esa persona ningún tipo de prejuicio, no hay fronteras ni barreras. Quiere, sencillamente, saber. Me parece entonces estar ante un tipo de pureza muy especial, una necesidad de saber “en estado puro”.
No puedo evitar relacionar esto con la pobreza, la misma que nos hace más hermanos, la misma que nos hace gratuitos. Seguramente es ella la que nos hace también puros. Sin quererlo parece que las libélulas me conducen siempre al mismo camino.



Por un instante te das cuenta del inmenso poder que tienes, porque alguien te entrega en un momento todas sus posibilidades, como el recipiente que ya no quiere esperar más a llenarse poco a poco, que ha despertado y quiere beber toda el agua de golpe. Justo en ese momento podrías retenerlo, hacerlo tuyo, apoderarte de él, someterlo incluso. Una decisión y ensuciarías esa pureza… Tienes que decirte a ti mismo que estás para escuchar todas las preguntas, aunque estas nunca terminen, tienes que mantener esa medida que sostiene al pequeño pájaro, sin sofocarlo, sin dejarlo caer. Cuando me encuentro en una situación así, como me ha pasado esta tarde, experimento algo sagrado, y esa reverencia hace que poco a poco me retire. Hoy he salido al paso: no he venido aquí para llenar vuestra vida con mis contenidos, sino para enseñaros a mirar con qué la estáis llenando cada uno, no quiero pensar por vosotros sino enseñaros a pensar, puedo mostraros lo que yo he conocido, su belleza y verdad, haceros ver que merece la pena el esfuerzo, pero cada uno ha de encontrar su camino.
Cuando escribo estas líneas recuerdo con cariño a tantos alumnos que ya han pasado por mis clases. Después de estos años enseñando filosofía he aprendido que si me pongo a comparar sólo estoy levantando muros, sin embargo hoy quiero hacerlo, por eso de la voz profética, de la necesaria llamada de atención que supone hablar convencido de algo. Aun a sabiendas de que puedes estar equivocado. Y, sobre todo, porque es algo demasiado obvio… estos de aquí son insaciables, pero ¿no estaremos matando esa pureza de ser en tantos otros? Cuando daba clases en mi país pasaba mucho tiempo derribando muros, prejuicios, falsas condiciones… no sé si al final aprenderán algo, pero al menos que haya menos protecciones, me decía. Quizás mañana lo tengan más fácil otros… Esto es lo que aquí no tengo que hacer, la misma vida, las raíces tan genuinas, la savia que recorre su libertad, lo han hecho por mí. Cuando se dobla la caña de la confianza entonces se entregan a ti, así, en estado puro, entonces son como un vendaval inesperado, una crecida o incluso una tormenta. Lo más laborioso es encauzar las energías… una emoción especial me embarga cuando casi soy capaz de vislumbrar un futuro lleno infinitas posibilidades. Hoy sé que no soy dueño de nadie, que ninguna vida me pertenece, y eso me deja sosegado.
Un amigo me escribió una vez, hablando de los de allí: ¿Quién les está cortando las alas a los jóvenes?, porqué reptan cuando deberían estar volando… a los de aquí todavía nadie les ha cortado las alas, pero eso no quiere decir que vuelen. Sencillamente, no saben. Habrá de todo, claro, comparar es levantar muros. Por lo menos, que nos demos cuenta que así se levantan, y que siempre es posible tirarlos. Pensándolo bien, encaja: no puede tener hambre ni sed quien se ha rodeado de muros y se ha llenado de cosas… de ahí sólo se saca aquello del “sarcasmo de los satisfechos”.
El calor es tremendo en Pemba. Es curioso cómo uno se habitúa a todo. Al ir o volver de la escuela, aunque no está lejos, suelo llegar con una sensación de pesadez, además de todo sudado. Pero una vez más parece que todo tiene que ver con esto de las protecciones. Vivir tan protegidos nos debe inmunizar para sentir los cambios y quizás eso también nos haga más ingratos. ¡Cómo se agradece la sombra de la higuera de la Escuela! No es como las de allá, pero la llaman así. Da igual, parece que está destinada a refrescarnos, además es tan inmensa que cabemos un montón debajo. No pretendo desdeñar a las pequeñas acacias o a los plataneros, ni siquiera al tropel de palmeras que protegen esta ciudad. A alguien se le debió ocurrir sembrar Pemba de árboles, seguro que su corazón debía ser como la higuera. Me da que pensar si no tendrá esa higuera algo que ver con todo lo que estoy escribiendo hoy. La sombra de un israelita sin doblez, la sombra de tantos israelitas: a lo mejor Jesús también vio en Natanael esa pureza que hoy encontré en Edvene.



Mientras camino y la tierra se mete en mis sandalias, siento la dureza del camino de tantas personas pero también el corazón se me vuelve cada día un poco más abierto a ese inesperado de Dios, una sombra, una brisa, una frescura que no sabes de donde viene, o quizás un israelita sin doblez esperándome bajo la higuera.


Posos de café en Pemba 6. 12 de Noviembre de 2012.


viernes, 7 de diciembre de 2012

Estrellas...


Estrellas


Es tarde y una bruma se levanta del mar, he salido a la terraza. Todas las noches lo hago, necesito despedirme de las estrellas. Hoy brillan especialmente, pero están quietas, como esperando. Otras noches parece que están danzando al son de alguna música que solo ellas pueden oír. La bruma del mar quiere cubrirlas, vencer su presencia, pero ellas se resisten. Jirones de vapor que quisiesen apagar su fuego sin conseguirlo.
De niño tenía un amigo con el que compartía la belleza de las estrellas. Muchas veces nos sentábamos en la oscuridad de un banco, delante de mi casa y nos pasábamos el rato mirándolas. Hace años que murió, seguramente danza con ellas desde entonces. Aquella noticia fue mi primer dolor, de esos que desgarran por dentro quizás esa cosa que llamamos alma. Pero desde entonces las estrellas vuelven a hacerlo presente en mi vida, se han convertido en su sacramento. Todos los días cuando me arreglo la barba, las maquinillas de afeitar me devuelven a mi padre… las cosas, las personas, la vida, se vuelven sagradas cuando el dolor ha pasado por ellas.
Me venía al corazón aquel verso del poeta galés, Dylan Thomas: “sufrir la visión primera que prendió fuego a las estrellas”. Aunque no hubiese escrito ya nada, sólo por ese verso merecería ser llamado poeta. Si una frase dice lo que siento, si hay palabras que expresan el deseo de mi vida, son esas. Sufrir, sentir el dolor hasta que salga fuego, el fuego inagotable de todas las estrellas… porque todo es visión, hechura de luz, de Aquel que vio lo que había hecho y era bueno…
Nunca en mi soledad me había sentido tan conectado a todas las cosas, a todas las personas, y nunca las estrellas me habían hablado tanto.
Estos días, cuando entro en clase a las cinco todavía atardece, cuando salgo el cielo ya está poblado de estrellas. Son humildes, siempre están ahí, como esperando. Mientras la noche avanza más y más aparecen, siempre ha sido un problema de nuestros ojos el que no las veamos, pero ellas están ahí. Me he convencido que la vida de cada uno de mis alumnos también es así, en cada uno hay una luz encendida, quizás no la vea, pero está. Cada clase es como una noche en la que me adentro y cada día veo alguna más, una que ayer no estaba. Y cada día hay más luz que se resiste a la bruma. Son pequeñas cosas, porque las estrellas son pequeñas. Uno se acostumbra a mirar a lo pequeño y descubre que es suficiente para ser feliz. El sabor de lo poco, de lo sencillo, de lo pobre, alimenta más que lo mucho.
Aunque ya lo sabía, otra vez he tenido que aprender la lección, pero tengo a los mejores maestros. Lo mucho que traes contigo es indigesto porque es demasiado, la vida y la belleza se hacen saboreando lo pequeño.
Eres un Dios de las pequeñas cosas...
Hay momentos, en clase, en los que siento que se produce entre nosotros una conexión especial, muy profunda. Creo que es cuando escuchan con los ojos… me gustaría permanecer ahí, cuando casi toda mi energía se está entregando, cuando todo y todos a mí alrededor se han convertido en recipientes. Me gustaría que todo acabase ahí… pero después vuelve el tiempo y su cadencia, y siento de nuevo el peso del espacio, de la vida. Al salir es como si me hubiesen extraído unos buenos jeringazos de sangre. A veces hasta necesito parar, en cualquier sitio, y esperar que vuelva el resuello que se me ha ido. En el fondo, nada de esto puedo controlarlo. Es la palabra que se apodera de mí y me arrastra mientras se dice. Sí, hay algo del escriba que saca del arcón lo viejo y lo nuevo. Pero es siempre ella la que va tejiendo su verdad, como quiere, cuando quiere, sin esperarlo casi siempre.
En esos momentos, aunque no sé decirlo, la luz se hace más intensa, un poco más y casi todos cantamos el mismo canto…
Hoy también me ha pasado mientras predicaba el evangelio de la viuda. La de las dos monedas. Hablaba de la mirada de Jesús, que no ve como nosotros, podía sentir la escucha de cada uno de los presentes, y entonces se ha ido la luz de la Iglesia, nos hemos quedado en una densa oscuridad, en total silencio… pero alguien ha dicho: siga, Padre. Y he seguido. No sé por cuanto tiempo, pero bastante, en la oscuridad, hablando palabras que, ahora creo, se podían ver. Sí, asombra este latido del corazón, tan al ritmo del evangelio. Vivir así, en gratuidad, en escucha y providencia, solo es posible cuando uno ha descubierto en lo poco que tiene lo poco que es y sabe que eso mismo es el mayor tesoro, es entonces cuando dar se convierte siempre en darse. Asombra la mirada de Jesús, capaz de ver el todo en lo poco que una viuda entrega al templo, diciéndonos una y otra vez que Dios es un Dios de las pequeñas cosas, cuando en ellas ponemos todo lo que somos.
Mañana voy a ir a una Misión, se llama Mahate, no lejos de la ciudad, será posiblemente mi lugar, además de la escuela. Esta noche duermo especialmente ilusionado.

Posos de café en Pemba 5, 10 de Noviembre de 2012.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Jonás


Jonás
A ti te escupió aquí la ballena, como a Jonás. Aunque quieras no puedes irte… Me lo ha dicho un amigo. Los amigos son así, te dicen las cosas que no quieres oír. Y te las dicen en el momento exacto.
Hace unos días que me pregunto si este es mi lugar. No es que lo dude, pero me lo pregunto. Ya ha pasado mucho tiempo desde que descubrí que no somos nosotros los que escogemos los lugares en la vida, más bien nos escogen ellos. Porque el lugar de tu vida eres tú mismo, tú mismo puedes hacer de cada lugar el tuyo. Es un pequeño secreto: tienes que escogerlo. Sin embargo me lo he preguntado.
Hago algo que me gusta mucho, tengo lo necesario, incluso más si bien lo pienso, las personas han empezado a entrar en mi vida, ya veo horizontes a lo lejos, y siento que puedo volar. Pero en el fondo, lo sé, tengo que escoger este lugar. Aunque tenga que moldearlo, igual que dejarme moldear por él. Escoger el lugar en la vida es lo que entiendo por obediencia. Si me pregunto a quien obedezco me viene en seguida esta respuesta: a mi fe. Es ese algo que no puedo cambiar porque toda mi vida sólo tiene sentido en torno a ello.
Me he subido a la terraza de la Escuela, quería hacer unas fotos del mar. Al final sólo he hecho un par de los niños jugando al balón que había en el campo. No se puede hacer una fotografía del mar, es demasiado inmenso. ¿Cómo será Dios? Me quedo embelesado a veces mirándolo, despierto y me descubro sin saber qué me ha pasado, porque es como si el tiempo se hubiese parado, y entonces ya no sé nada. Otras veces intento volver a ver aquella ballena que saltaba en alta mar el primer día que fuimos a dar un paseo. Sólo tenías que esperar un poco y allí estaba, tan lejos que era apenas una trucha saltando en un riachuelo de montaña, tan cerca que no era capaz de imaginar sus dimensiones.



¿Por qué me habrá dicho mi amigo que me escupió una ballena? No sabía que vimos una… tiene unas cosas Dios...

Hoy en el mar había un velero, estaba lejos pero la vela blanca llena de viento le conducía. Se movía lentamente, acompasado, y me perdí en su ritmo. Quizás la fe es algo así, dejarse llevar por el viento. Lo único que tienes que hacer es mover el timón, acercarte al puerto o alejarte, o simplemente disfrutar del mar, de sus olas y de esa canción que canta eternamente, quizás lo único importante sea saber adónde vas. Esto también debe ser obediencia. En seguida he recordado un texto de Nouwen, un autor que me gustaba leer, cuando describe la fe como eso que hacen los trapecistas. Dice que se quedó con la boca abierta cuando un amigo trapecista le explicaba su secreto: el que se lanza no hace nada, se suelta sin más, espera que el otro le coja, este es el que hace la fuerza, el que tiene que estar atento, el que no puede fallar. Pero el que se lanza confía ciegamente en aquel que lo cogerá. Si el que se lanza busca agarrarse y hace fuerza puede partir los brazos del que está esperando para cogerle. Nuestra vida consiste en eso, en lanzarnos, sabiendo que Dios estará siempre atento, que él es quien hace la fuerza al cogernos, que no nos caeremos.


Algo parecido debe ser esa barca movida por el viento o estar dentro de una ballena hasta que esta decida escupirte en aquel que puedes escoger como tu lugar en la vida. Sólo una palabra: fe. La de Jonás es una fe metida a presión. A veces tenemos necesidad de algo de violencia, esto del Reino es para violentos dice el Evangelio. No sé si será así, pero después de oír esas palabras no se me ocurrirá volver a preguntarme si este es mi sitio…

Es impresionante la luz en estos países. A la gente le gusta mucho el amanecer, porque el día llega y se van las tinieblas, la oscuridad. En estas culturas donde la noche no presagia nada bueno se entiende. Pero a mí la luz del atardecer, a eso de las cuatro, me parece la coda final de una sinfonía que ha durado todo el día. Como si en ese momento la luz alcanzase un clímax, como si lo diese todo de sí misma. Mires donde mires está todo como transfigurado, las piedras, las hojas, el agua, la tierra… espero que llegue esa hora todos los días y me dejo llevar por el éxtasis de todo lo que me rodea. Y me imagino que un día, todos nosotros, con todas las cosas, explotaremos de luz, transfigurados.


Posos de café en Pemba, 7 de Noviembre de 2012